Novela Romántica.

Buenas noches, queridas lectoras!!!

Durante estos meses he estado inmerso en la reescritura de una de mis novelas más queridas por mí, como es El pacto de la Sirena, y me enorgullece que esté de nuevo de venta al público.

Una novela romántica y erótica, llena de sueños, de baile y mucho amor. 

Abajo os dejo unos enlaces por si no la habéis leído y queréis darle una oportunidad. 🙂

Amazon España:

Amazon.com:

También os dejo una imagen con la portada (bellísima, obra de Alexia Jorques) y la sinopsis. 

Feliz año 2017 amigos/as!! Espero que este año pueda publicar todo lo que quiero publicar!! Sí, empezando por En antena con Amber 😉

Pero, mientras todo llega… ¿Sabéis que también podéis leerme en Wattpad?

Animaos a echar un ojo a mi novela gratuita: Bitter Boy! Seguro que os encantará 😉

Besos y abrazos! 

  Hola chicas. Y chicos!! 
Aprovechando el despiste de mi creador, he decidido pasarme por aquí a saludaros. Tengo muchas ganas de que conozcáis mi historia. No es porque sea yo, pero aviso que es muy intensa.

Soy Luke, por cierto. Luke Meyer. Un chico californiano que ahora vive en Nueva York con mi adorada prima Megan. 

Me gustaría poder contaros el motivo por el que dejamos Los Ángeles, pero si lo hago, mi creador es capaz de quitarme lo que más me gusta hacer. Y sin eso no creo que pudiese vivir. Hablo del placer. Del sexo. 

Estáis invitados a conocer mi vida. Y, también, a compartir mi cama, apta para varios acompañantes. Sí, sí. Chicas y chicos. Todos sois bienvenidos. 

Os dejo, por el pasillo se acerca alguien que ha captado mi total atención. Es la persona más atractiva que he visto en mi vida. Quiero poseerla salvajemente. No solo me excita, también despierta otro tipo de sentimientos que desconozco. No sé qué me está haciendo.

Espero que nos veamos pronto. 

Besos perversos. 

Luke Meyer.

Ser Autor “Indie”

Un buen artículo que habla sobre el trabajo que conlleva ser autor indie

…ser indie o autopublicado no es sinónimo de mala calidad así como ser publicado por editorial no es sinónimo de buena calidad. La manera como irás conociendo y reconociendo la calidad de los…

Origen: Ser Autor “Indie”

Ver la entrada original

Buenas noches, queridas y queridos lectoras y lectores!!!

Sé muy bien las ganas que tenéis de leer el desenlace de En antena con Amber, y que soy muy lento en publicar los capítulos. Solo quiero haceros saber lo maniático y perfeccionista que soy, y que la historia debe parecerme “perfecta” para poder estar orgulloso de compartirla con vosotras/os. Además, la trama debe encajarme y últimamente me está dando muchos problemas jeje Mil gracias por vuestra infinita paciencia y por todas las muestras de cariño hacia Amber, Tyler y Brett.

Y ahora, a disfrutar del nuevo capítulo. Uno especialmente sentimental para mí y con el cual me he abierto en canal para dar lo mejor. Besos.

Por cierto, no sabéis la ilusión que me hace descubrir que Amber está llegando a tantos países del mundo!!!!!

CAPÍTULO 17

La pajita era suavemente abrazada por mis labios mientras el smoothie de fresa descendía en el vaso y endulzaba mi lengua. Patt Wilson nos deleitaba con su voz y un banjo a través de los altavoces, y el entrechocar de las bolas del billar atraía la atención sobre los jugadores. Dylan era uno de ellos, experto en el juego y en ganar apuestas, y a mí me encantaba verlo y, sobre todo, celebrar sus victorias.
‒¡Wow! ‒chillé cuando se hizo con un nuevo triunfo.
‒Tu hermano es único.
Sonreí a Rachel y brindé mi batido con el suyo. Greentown podía ser un pueblo pequeño, pero todos los viernes después de clase, el Mary’s Grill se convertía en el centro universal del ocio juvenil y sabíamos cómo divertirnos.
‒Tommy Fharlow vuelve a mirarte como un bobalicón.
A Rachel y a mí nos gustaba sentarnos junto a la barra porque desde allí podíamos observar y controlar todo el local sin problemas. Por ese motivo, y porque siempre ocupaban la mis-ma mesa, no me costó localizar al hijo pequeño de los Fharlow y a sus amigos. Rach tenía razón al decir que me estaba mirando, pero no era la primera vez, en clase le habíamos descubierto unas cuantas veces. Su sonrisa me hizo sonreír a mí.
‒¿Por qué no te acercas a él? ‒propuso mi amiga.
Me giré hacia ella con los ojos salidos de sus cuencas.
‒¿Te has vuelto loca? Podría pensar que me interesa.
‒Es mono y le gustas ‒argumentó con seriedad‒. Además, tenemos 15 años, no va a pedirte en matrimonio. Ojalá yo tuviera la misma suerte.
Rach miró con añoranza hacia la mesa de billar y yo pasé el brazo por sus hombros con la intención de animarla.
‒Tranquila, tarde o temprano aparecerá el Patrick Swayze de tu vida.
Su breve risotada fue como una cruz en la casilla de misión cumplida.
‒¿De qué os reís?
Dylan apareció junto a nosotras y salté del taburete para abrazarme a él. Adoraba a mi hermano, solo dos años mayor.
‒Has vuelto a ganar, eres el campeón de Greentown.
‒Y ahora nadie quiere jugar conmigo.
‒Deberías dejarte ganar una vez al menos ‒murmuró jocosa mi amiga.
‒¿Y perder el récord, Ashwood? Ni hablar.
‒Yo jugaré contigo ‒le dije‒, Phoenix contra Phoenix.
Le quité el taco de las manos y me dirigí hasta la mesa de billar con actitud chulesca y divertida. Sabía que no tenía nada que hacer contra Dylan, pero esperaba no ponérselo tan fácil como para que pudiese jugar con una mano y los ojos vendados.
Él llegó mientras colocaba las bolas dentro del triángulo y no me di cuenta de su presencia hasta que habló:
‒Te echo una partida.
Alcé la vista y allí estaba Tommy Fharlow, apoyado sobre el tapete y mirándome con una sonrisa de oreja a oreja. Mis ojos pasaron de él a mi hermano, que en aquél momento ocupaba mi asiento y charlaba con mi amiga, y de nuevo a Tommy.
‒Claro, ¿por qué no? ‒acepté y le devolví la sonrisa.
El chico se acercó hasta mi posición y recogió uno de los dos tacos que había colocado sobre la mesa.
‒No seas muy duro conmigo, ¿vale? Es la primera vez que juego.
‒Prometido ‒respondió a la vez que dibujaba un aspa sobre su corazón.
La partida demostró lo novata y torpe que era, y lo experta que podía ser en sacar la bola blanca de la mesa. Por suerte, Tommy tenía unos reflejos de primera y lograba cazar la bola en el aire o, en su defecto, al primer bote. Nunca me había reído tanto, ni pasado tan bien.
‒Eres un peligro, chica de Montana ‒se mofó en una de esas capturas de misiles‒. Está claro que la destreza en el billar no es cosa de genética.
Intenté hacerme la ofendida, pero con las carcajadas era difícil tomar una postura seria.
‒Y aun así te resistes a enseñarme.
Tommy no tardó en rodear el billar y colocarse frente a mí. Sus ojos castaños brillaban tanto que hasta podía verme reflejada en ellos, y su sonrisa había pasado a un gesto tímido de labios prietos. Cogió mi taco en su mano y se posicionó detrás de mí.
‒Inclínate sobre la mesa ‒dijo mientras pasaba la larga vara de madera por mi costado.
Me gustó la sensación de notar su pecho rozando mi espalda; sus manos sobre las mías; su voz susurrando a pocos centímetros de mi oído.
‒Si pones el índice encima del taco, tendrás más estabilidad. Y, después, solo tienes que golpear en el centro de la bola.
Lo hicimos juntos y el tiro fue perfecto.
Extrañé su cercanía en cuanto se apartó, aunque lo agradecí. Estaba completamente ruborizada.
‒¡Amber! ‒gritó Dylan desde la barra y al mirarle, vi su señal con el pulgar‒. Nos vamos.
‒Tengo que irme ‒le dije a Tommy, apoyando el taco sobre la mesa.
‒Ahora que has aprendido, podríamos jugar otro día.
Sonreí ante la amabilidad del chico; ambos sabíamos que me quedaba mucho por aprender y para ser una buena rival.
‒Estaría bien.
Me acerqué a Tommy para darle un beso en la mejilla y después, dirigí los pasos hacia la barra donde aguardaban Dylan y Rachel.
‒Amber, espera.
Fue al girarme hacia él cuando recibí mi primer e inesperado beso en los labios. Y me encantó. Tommy me agarró por la cintura, ladeó la cabeza y unió su boca con la mía.
‒Nos vemos, chica de Montana ‒susurró, nada más separarse.

‒¿En qué piensas?
Los recuerdos se esfuman de mi cabeza y frente a mí queda el Tommy de ahora. Le sonrío y, aunque dudo en si decírselo o no, la confianza que sigue transmitiéndome hace que dé un paso adelante.
‒Estaba pensando en la primera vez que…
Mi teléfono móvil comienza a sonar sobre la mesa, interrumpiendo muy oportunamente la conversación, y al fijarme en la pantalla, una sensación de malestar me aborda sin piedad.
‒Debo contestar ‒le digo mientras me levanto de la silla y cojo el bolso‒. No tardaré.
‒Tranquila, iré pidiendo el postre. ¿Qué te apetece?
‒Sorpréndeme.
Sorteo las mesas como si estuviera en una carrera de obstáculos y cuando entro en el pasillo de los baños, contesto:
‒Hola, Tyler.
‒¿Se puede saber por qué no contestas cuando te llamo? Estaba a punto de desquiciarme.
El tono de enfado en su voz hace que me arrepienta de no haber atendido sus llamadas.
‒Lo siento ‒me disculpo‒. Llevo unos días de auténtica locura.
‒¿Tanta que ni siquiera puedes hablar conmigo un minuto o enviarme un mensaje? Estaba preocupado, Amber.
Continúo andando por el pasillo hasta llegar al final, a la zona más tranquila y menos transitada, donde poder hablar con él sin interrupciones.
‒Hoy hemos enterrado a la madre de Rachel ‒le cuento, esperando que la noticia haga que se apiade un poco de mí‒. Estaba muy enferma y tuvimos que viajar urgentemente a Mon-tana.
‒Mierda ‒gruñe desde el otro lado de la línea‒. Y, ¿cómo está ella?
‒Lo lleva lo mejor que puede.
‒¿Está ahí? Pásamela para que pueda darle mis condolencias.
Me apoyo contra la pared y me llevo la mano a la frente, augurando el dolor de cabeza que me quedará tras esta conversación.
‒No está aquí.
‒¿No estás con ella?
‒No, ahora mismo no.
‒¿Y dónde estás?
‒He salido a cenar.
Esto empieza a parecer un interrogatorio. Uno para el que no estoy preparada.
‒¿Con quién?
‒Con una vieja amiga –le miento piadosamente.
Tyler silencia y yo también.
‒Y, ¿cómo está Tommy? ‒dispara al cabo de un rato.
Me despego de la pared, alarmada, y miro hacia la entrada del pasillo como si estuviera a punto de ver entrar a Tyler de un momento a otro con el teléfono en la oreja.
‒¿No dices nada?
‒¿Cómo…? ¿Has hablado con Rachel?
‒Soy yo quien hace las preguntas, que para eso he llamado.
‒Si no te lo he dicho es para que no pensaras cosas raras.
‒Y, ¿qué cosas debería pensar si, después de dos días intentando hablar con mi novia, debo llamar a su amiga y me entero de que estás cenando con otro tío? ¡Y, para colmo, me mientes!
Vuelvo a recostarme contra la pared y suspiro para calmarme.
‒Solo es un viejo amigo al que no veía desde hace años. No sé qué te habrá dicho Rachel, pero es una bocazas. Además, la culpa es de mi madre que me puso en este aprieto. No habría salido con él de no ser por ella.
‒¿Le hablaste a tu madre de mí? ¿Le dijiste que tenías novio y que se pondría muy celoso si salías con otro tío?
Vuelvo a cubrirme la frente con la mano. Empiezo a notar una leve jaqueca y parece que esto puede empeorar.
‒No le hablé de ti porque iba a ser peor. No sabes cómo es mi madre.
‒¿Te avergüenzas de mí?
‒¡No, por supuesto que no! ‒exclamo.
‒Entonces, ¿te arrepientes de tu decisión?
‒No, Tyler. No me arrepiento.
‒¿Qué hubiese pasado si la situación fuera a la inversa: yo en tu lugar y tú en el mío?
El primer pensamiento que cruza mi mente es que no me habría sorprendido, dado el historial del bombero; un pensamiento preocupante para nuestra nueva relación y que prefiero no compartir con él.
‒Tengo que volver a la guardia. Ya hablaremos.
‒No, Ty. Espera.
El pitido intermitente indica el fin de la llamada y me deslizo por la pared hasta el suelo, sintiéndome la persona más miserable del mundo por haberle hecho daño.
Antes de regresar junto a Tommy, paso por el aseo y envío un mensaje a Tyler:

“Duele escucharte y no tenerte; hablar, con miles de kilómetros de por medio. Te echo muchísimo de menos”

De camino a nuestra mesa observo que el joven agente Fharlow ya cuenta con otra compañía femenina que parece entretenerlo y decido cambiar el rumbo hacia la barra del bar. No me gustaría interrumpir si se da el caso de que estén tonteando.
‒Un tequila ‒le pido al barman‒. Doble.
Cuando me lo sirve, lo termino en dos tragos y acerco el vaso para que lo llene una vez más.
‒Amber Phoenix. Cuánto tiempo sin verte por estas tierras.
Giro la cabeza a mi izquierda y me encuentro con otro antiguo compañero de clase.
‒Ashley Roggers, ¿tú también aquí? Ya te creía como uno de los mejores quarterbacks de la NFL.
‒Me machaqué una rodilla en la universidad y ese futuro se fue al traste. Ahora trabajo en la granja del viejo Sam.
‒Por los cambios de planes ‒le digo mientras alzo mi vaso de líquido transparente y lo brindo con el suyo ambarino.
No hay mejor remedio para las jaquecas, para las subidas de ánimo, para olvidar los malos rollos y evitar el caos, que un buen tequila.
‒Imagino que has venido por el funeral de Lory Ashwood.
Asiento, según pido al camarero que rellene nuestros vasos.
‒Lástima de mujer… ‒murmura Ash.
‒Y, ¿hablando de mujeres? ¿Te has casado? ‒le pregunto para cambiar de tema.
‒Hace dos felices años ‒contesta, mostrándome la alianza de su dedo‒. Y esta es nuestra pequeña Faith, de casi un año.
Extiende la cartera sobre la barra, enfrente de mí, y me muestra una foto plastificada de una preciosa bebé de rostro angelical y tan rechoncha como el padre.
‒Felicidades, es preciosa ‒le digo, sin poder evitar sonreír de ternura.
‒Gracias. Y, ¿tú qué? He visto que estabas cenando con Tom.
Se lo confirmo con un gesto de cabeza y me doy la vuelta para ver qué está sucediendo en nuestra mesa. Tommy se ha puesto en pie y, aunque parece que quiere despachar a la chica, esta no se da por aludida. Ni por despedida. Cuando nuestras miradas se cruzan, sonrío, alzo mi tequila y bebo en su honor.
‒Echemos una partida al billar ‒le propongo a Roggers.
No pregunto. Ni siquiera le doy tiempo a que lo piense. Directamente, recojo el bolso y voy hacia allí.
Para mi total sorpresa y gratificación propia, la partida se desarrolla de forma tranquila y con cierta profesionalidad, aunque no haya jugado en años. A Ash se le da bastante bien a pesar de su leve cojera.
‒Se nota que sigues jugando a menudo ‒le digo.
‒Prácticamente, todos los fines de semana.
‒Las viejas costumbres no hay que perderlas.
‒Nunca, es el rato para pasar con los chicos. Varias veces hemos hablado de ti y de Rachel.
Escuchar esa confesión en pleno tiro hace que golpee mal la bola y esta salga disparada de la mesa, cual cohete espacial. Por suerte, ahí siguen las manos salvadoras para cogerla al vuelo.
‒¿De nuevo a las andadas, chica de Montana? Mira que ahora soy agente de la ley y podría detenerte.
No puedo evitar que se me escape la risa.
Ashley me gana la partida, lógicamente, en cambio la segúnda se le complica al tener a Tommy de contrincante. Y mientras ellos juegan, yo pido rondas de cerveza para los tres y bebo.
Tercera partida: Fharlow contra Phoenix.
‒Si quieres ganar, Amber, ponle nervioso ‒aconseja Ash y el agente se ríe.
‒¿Y cómo lo consigo?
El movimiento de cejas del exquarterback hace que comprenda el significado de: ponerle nervioso. El alcohol me hace parecer ingenua.
Por muchas poses sexis y sugerentes que ponga; por muchas tonterías y picardías que suelte por la boca; por muchos bailecitos o contoneos que haga al son del más viejo country, lo único que consigo es que mi rival se carcajee divertido y me gane.
‒Ahora te toca a ti ponerlo nervioso ‒le digo al entregarle el taco.
La siguiente partida es más competitiva y me doy cuenta de que la gente se acerca para ver el espectáculo. Y, según van pasando las partidas y las cervezas, los amigos de Ash y Tommy van llegando y se van uniendo al juego como de costumbre. De pronto, esto parece una repentina reunión de antiguos alumnos donde soy la novedad. Por otra parte, lógica, ya que son muchos años sin verme el pelo.
Quieren saber cómo ha sido mi vida durante este tiempo y yo les cuento cosas sin llegar al detalle y la intimidad. De esta forma también me entero de las suyas.
‒Quién pudiera estar soltero otra vez ‒comenta uno de ellos entre mofas y guasas.
‒Mucho quejarte, pero seguro que no cambiabas tu vida por nada del mundo ‒replica Ashley.
‒Ni por todo el oro que nos robaron de Montana.
Esa contestación me hace pensar que, aunque no hayan logrado tener el futuro que deseaban de jóvenes, están felices y muy satisfechos con su vida actual. Y las preguntas que empiezan a rondar mi cabeza son: ¿cambiaría mi vida tal y como está, por otra diferente o mejor? ¿O me siento satisfecha con ella?
Son preguntas demasiado profundas como para encontrarles respuesta con varios grados de alcohol encima.
‒Amber, ¿te encuentras bien?
Alzo la vista y sonrío a la imagen algo borrosa de Tommy.
‒Creo que he bebido demasiado.
‒Vamos, te llevo a casa.
Con su ayuda consigo bajar del taburete sin caerme y tras despedirme de todos, salimos del local.
El viaje en coche hasta casa me parece una montaña rusa, aunque consigo dominar mi estómago.
‒¿Puedo hacerte una pregunta que lleva toda la noche rondándome la cabeza?
‒Claro ‒sonríe Tommy desde el asiento del conductor.
‒¿Por qué empezaste a llamarme: chica de Montana?
La pregunta le hace gracia y, a pesar de la oscuridad y de mi afectada visión, me doy cuenta de la forma en que me mira.
‒Siempre me pareciste como un pura sangre: salvaje, indomable y de alma libre. Y, como ves, no estuve errado. En cuanto pudiste, te marchaste de aquí.
Su respuesta me deja pensativa y es un añadido al caos mental que ya traía del Mary’s Grill. ¿Es posible que las personas de mi alrededor me conozcan mejor que yo misma? ¿Incluso las que no me veían desde hacía años?
‒En el bar has sido el único que no habló de su vida.
‒Todos la conocen.
‒Yo no ‒le digo.
‒Estuve prometido ‒me cuenta, después de coger aire‒, creí que Monique sería mi todo, pero la cosa no salió bien.
‒Lo siento.
‒Hubiese sido peor de llegar a casarnos. Además, el proyecto laboral que tenía tampoco era el deseado; demasiada gente sin escrúpulos que no va conmigo. Decidí que necesitaba un cambio y regresé.
‒¿Por qué aceptaste cenar conmigo?
‒Me apetecía ‒contesta sonriente‒. No te ofendas, pero estás muy, muy bien.
‒No me ofendo.
El coche patrulla se llena de risas y miro por la ventanilla al comprobar que estamos llegando a casa de mis padres.
‒No te preocupes. Siempre he sabido que no era tu hombre ideal.
‒¿Por qué dices eso? ‒pregunto, girándome hacia él.
‒La chica de Montana necesita un chico que…
‒¿La dome? ‒murmuro jocosa.
‒No ‒niega entre risas‒. La entienda y equilibre.
Sonrío y me acerco a él para darle un beso en la mejilla.
‒Gracias por esta noche.
‒A ti.
Bajo del coche y le digo adiós con la mano mientras se aleja por la avenida. Al final no fue tan mala idea salir con él.
Instintivamente miro al frente, a la casa de Lory, y un tenue resplandor en el piso superior llama mi atención. Es la ventana de la que era la habitación de Rachel y frunzo el ceño, molesta, al recordar la jugarreta que me organizó con Tyler.
A grandes y torpes zancadas consigo llegar hasta allí, y mi suerte es encontrar la puerta abierta. Siempre ha sido una inconsciente en cuestiones de seguridad. Encuentro la casa oscura, tétricamente fría y por un momento temo ver aparecer al fantasma de Lory vagando por ella en ropa interior.
A tientas llego hasta la escalera y subo agarrada al pasamanos. El segundo piso está algo más iluminado, gracias al destello de la luna, y eso me ayuda a llegar sin problemas hasta la puerta de la habitación.
A punto de llamar, escucho un quejido lastimero de mi amiga y toda la rabia que pretendía desahogar con ella, desaparece, dejando el hueco libre para la pena y la compasión.
‒Rach ‒murmuro al entrar‒. ¡Pero, ¿qué hacéis?!
Dylan y Rachel.
Dylan y Rachel desnudos.
Dylan y Rachel desnudos en la cama.
Dylan y Rachel desnudos en la cama y fornicando.
‒¡Oh, Dios mío! ‒exclamo, dándome la vuelta y cerrando los ojos.
Cierro la puerta tras de mí y me alejo corriendo. Una decisión errónea al haber bebido y que provoca que tropiece y caiga rodando por las escaleras.

En ningún momento pensé que terminaría la noche en el centro médico de Greentown, tumbada en una camilla con una bolsa de hielos en la cabeza y desafortunadamente acompañada por mi hermano y Rachel. Ellos son los causantes de mi accidente.
‒Bueno, ya estoy de vuelta con los resultados ‒dice el médico de guardia entrando en la pequeña e, incómodamente silenciosa, sala‒. Lamento la espera.
‒Estoy bien ‒le digo cuando se sienta a mi lado.
‒Eso venía a decirte. No tienes nada roto, el golpe de la cabeza ha sido leve y no hay traumatismo, y los análisis de sangre me han chivado que has bebido demasiado.
Entorno la mirada y gruño. No he bebido lo suficiente como para crear una laguna mental que me haga olvidar las últimas horas de esta noche. Es cerrar los ojos y ver a mi hermano follándose a mi amiga.
‒Debes dejar de hacerlo, el alcohol no es bueno para el bebé.
Mis ojos se salen de órbita al recibir la noticia, pero es Rachel quien da voz a mis pensamientos:
‒¡¿Cómo?! ‒exclama sin poder dar crédito.
El médico la mira, después a mí y, por último, sus papeles.
‒Los análisis son correctos. Amber, ¿no sabías que estabas embarazada?
El doctor me observa interrogante, Rachel alucinada, Dylan sorpendido y yo soy incapaz de soltar palabra.
‒Estarás de muy poco si no te has dado cuenta. Ha sido una verdadera suerte que el golpe no te haya provocado un aborto.
Embarazada. Bebé. Eso es lo único que repito en mi cabeza.
‒Voy a darte unas pastillas para el dolor de cabeza y un relajante, que no son contraindicativos durante la gestación, pero deberás visitar a tu ginecólogo para una revisión en condiciones. Allí te recetarán las vitaminas que debes tomar.
‒¿Puedo irme ya?
Quiero salir corriendo y no escuchar nada más.
‒Sí. Tómate el relajante antes de dormir y las pastillas para la cabeza, una en el desayuno y la otra, ocho horas después. Si te sigue doliendo, vuelve a verme.
Recojo la medicación que me entrega y salto de la camilla para marcharme de allí lo antes posible.
Dylan y Rachel me siguen hasta el pick up, pero ninguno dice nada. Imagino que deben estar tan anonadados como yo. La noche empieza a estar plagada de descubrimientos poco deseados.
En la parte trasera del todoterreno de mi hermano intento clarificar mi dolorosa cabeza, pero es inútil. Saber que estoy embarazada va a lograr que me estalle.
‒Amber, ¿estás bien? ‒pregunta Rachel desde el asiento del pasajero‒. ¿Es de Tyler?
‒¿Quién es Tyler? ‒curiosea Dylan.
‒No quiero hablar del tema. Y, vosotros, ¿en qué demonios estabais pensando? Dylan, vas a casarte.
Ninguno de los dos responde y el silencio vuelve a reinar en el coche. En parte lo agradezco. En parte no necesito saber qué, cómo o por qué ha pasado lo que ha pasado entre ellos.
Cuando llegamos a casa, Rachel y yo entramos sin hacer ruido y subimos directamente a nuestras habitaciones.
Una vez a solas, me tomo el relajante y dejo que las lágrimas desborden mis ojos. No estoy preparada para ser mamá. No sé si quiero serlo. Me da miedo.

en linea con amber

En voz propia: Aquí tenéis el nuevo capítulo de En antena con Amber. Ya falta muy poco para el final y quiero recordaros, o informaros por si no leísteis En línea con Amber en el blog, que el último capítulo estará disponible durante un breve periodo de tiempo y después desaparecerá junto con los demás. También advertir a esos posibles piratas que todo está registrado bajo mi autoría. Muchas gracias por leerme y a disfrutar!!!!! 😉 😉

CAPÍTULO 16

Hoy he despertado pensando en Lory, seguramente influenciada por su funeral. Tumbada en mi antigua habitación he recordado las veces que nos traía el desayuno a la cama, cuando me quedaba a dormir con Rachel, y todo para que no nos cruzáramos con el señor de turno que había dormido con ella. Después marchábamos a clase y la mujer se quedaba sentada en la cocina con una sensual bata de seda a medio cerrar, el cigarro en una mano, en la otra una taza de café para mayores, es decir, con alcohol, y mirando abstraída la absoluta nada. Con la distancia y madurez me di cuenta de que no nos ignoraba, más bien sufría en silencio.
Cuando me he puesto un vestido negro de mamá, ya que con las prisas no cogí ninguna prenda de luto, pensaba en que Lory se hubiese puesto la ropa más provocativa para ir al funeral. Le encantaba llamar la atención.
Al maquillarme han resonado en mi cabeza las palabras que solía decirnos cuando nos enseñaba cómo hacerlo: Recordad, niñas, las mujeres debemos cubrir nuestras imperfecciones para cazar a un marido. Nunca pensé que una mujer debía pintarse para conquistar a un hombre, mucho menos una tan bella. ¿Es posible que la mujer más exuberante de todo el pueblo, se sintiera la más fea?
Llegando al pequeño cementerio de Greentown y al ver a tanta gente allí reunida para la despedida, he pensado que, de estar Lory presente, hincharía el pecho, alzaría el mentón y cruzaría por delante de todos ignorando sus comentarios, a sabiendas de lo que pensaban y decían sobre ella. Los llamaría hipócritas por asistir al funeral de una persona a la que nunca han respetado; escandalizaría a todo el pueblo con su vestimenta y reiría por ello.
En cuanto al pastor y su sermón, Lory nunca creyó en religiones ni acudió a la iglesia. Alguna vez nos dijo a Rachel y a mí que jamás confiáramos en un hombre que proclamase hablar en nombre de algún dios. En eso sí que le hicimos caso.
Terminado el sermón, el ataúd de Lory desciende al foso excavado en la verde pradera y Rachel se levanta de la silla para arrojar una rosa blanca al interior, sobre el féretro. Cuando regresa al sitio, soy yo la que me levanto para realizar el mismo rito y, seguidamente, lo hace mi familia. Corrijo, mi familia y Shelvy, que todavía no es oficialmente parte de ella.
‒¿Qué hace él aquí? ‒murmura Rach, acercándose a mi oído.
‒¿Quién?
Mi amiga gesticula con la cabeza hacia nuestra espalda y aunque miro con muy poco disimulo, no sé a quién se refiere.
A punto de volver a preguntarle por quién lo dice, descubro el rostro serio de Growdler que nos observa entre las gentes del pueblo, tras unas oscuras gafas de sol, y mi corazón frena en seco. ¿Se puede saber qué está haciendo aquí?
‒¿Cómo demonios se ha enterado?
‒Le llamé yo ‒confieso antes de que empiece a pensar cosas raras.
‒¡¿Tú?! ‒Mi amiga no da crédito y es comprensible. ‒¿Por qué lo has hecho? ¿Le dijiste que viniera?
‒¡No, por supuesto que no! Ni siquiera le conté dónde estabamos.
‒Dile que se marche ‒ultima Rachel con claros signos de enfado.
Castigándome mentalmente por mi torpeza, por disgustar a mi amiga en un día como hoy y por la inesperada y poco deseada presencia de James, me levanto de la silla y voy hacia él.
El hombre, consciente de todo a pesar de la lejanía, atraviesa la multitud para venir a mi encuentro.
‒Sígame ‒le ordeno molesta.
A metros de distancia de cualquier oído indiscreto, me detengo a la sombra de un sauce y planto cara al forastero.
‒¿Se puede saber qué hace? Le dije que debía mantenerse al margen, no lo llamé para que se presentara aquí. Rachel no quiere verle y yo tampoco.
Growdler se quita las gafas de sol y me mira con tristeza, pero estoy tan enfadada por sus extrañas y sucias estratagemas, que ni compasión despierta en mí.
‒Soy su padre, Amber. Debo estar con ella, especialmente en estos momentos.
‒Entonces, ¡ve y díselo! Cuéntale que el día en que ha perdido a su madre, ha encontrado a su padre.
Los ojos jade del hombre se expanden ante la locura que acaba de salir por mi boca.
‒Lo ha hecho fatal, señor Growdler ‒le reprendo sin contemplaciones‒. Pensó que apareciendo aquí a Rachel se le olvidaría todo y le perdonaría, y ha conseguido todo lo contrario. Ahora no solo no quiere verle, sino que yo no podré hacer nada para mediar o ella lo pagará conmigo.
‒Mi intención era pasar desapercibido.
‒¡Pues lo ha hecho genial! ‒gruño sarcástica‒. Casi me muero al verle.
‒Lamento haberte causado problemas.
Se gira hacia el tumulto de personas que empiezan a congregarse alrededor de mi amiga para ofrecerle el pésame y suspira derrotado.
‒Está bien, me voy.
Le veo alejarse en su elegante y carísimo traje negro, y corro detrás de él.
‒Espere, señor Growdler.
Él se da la vuelta de forma abrupta, ingenuamente creyendo un cambio de opinión en mí. Ni en sueños.
‒¿Greentown? ¿Se acordaba después de tantos años?
James vuelve a colocarse las gafas de sol y se ajusta el nudo de la corbata, a pesar de llevarlo perfecto.
‒No fui del todo claro contigo. El encuentro con Lory fue muy especial para mí; aunque no lo creas, nunca he sido un hombre de relaciones físicas esporádicas ‒comenta con cierta nostalgia.
‒¿Qué quieres decir?
‒Voy a perder el tren ‒murmura, ojeando su elegante reloj de muñeca y cortando el tema‒. Dale mis condolencias a Rachel y no os preocupéis, a partir de hoy me mantendré al margen, esperando que ella venga a buscarme. Sea cuando sea.
Y, con eso como despedida, se marcha dejándome absoluta y completamente descolocada e intrigada.

En cuanto llegamos a casa, Rachel sube directamente a su habitación. No me ha preguntado sobre lo que hablé con Growdler, ni por qué lo llamé; tampoco me ha dirigido la palabra durante todo el camino y es incapaz de mirarme a la cara. Entiendo que esté molesta conmigo y por eso decido dejarle espacio. Mientras tanto, acompaño a mis padres y abuela al salón para tomar un café. El café de Montana es fuerte, tosco, y aunque inapropiado decirlo un día como hoy, levanta a un muerto. Justo lo que necesito en estos momentos.
Sentada en el sofá junto a la abuela Peggy, charlo y río con ella. Es irónico que, pese su edad, sea más actual y comprensiva que mi madre. Ella también se enfadó y sorprendió por mi forma de actuar años atrás, pero, como hicieron papá y Dylan, lo comprendió en cuanto se lo expliqué. Mamá es la única que no quiere entenderlo y hace un mundo de un grano de arena.
‒¿Quién era ese hombre con el que hablabas en el cementerio? ‒pregunta mamá, nada más dejar la bandeja con las bebidas sobre la mesita central y ocupar el sillón enfrente de mí.
‒¿Quién?
Con mi madre, hacerse la tonta no es nada factible.
‒El hombre con el que estabas hablando en el cementerio.
‒Ah… Un… Un conocido de Seattle.
Odio balbucear y dudar porque es un firme indicativo de que estoy mintiendo o no diciendo toda la verdad.
Mamá me observa fijamente tras la taza de porcelana, sentada cual dama inglesa a la hora del té, y en sus iris almendrados veo florecer la sospecha. Ahora mismo debe estar pensando que James es un proxeneta que nos ha seguido hasta aquí, o un mafioso al que debemos dinero, o que es un amante a la busca del encuentro sexual, o peor, que la amante soy yo y él un hombre casado con una ignorante y sumisa mujer que le espera en casa con sus tres perfectos hijos.
‒Se fue rápido.
‒No podía quedarse ‒les miento‒. Solo vino a dar el pésame a Rachel.
‒Ha sido un funeral precioso ‒comenta mi abuela‒. Fue un detalle que viniera desde tan lejos.
‒Demasiado, para ser un simple conocido ‒añade mamá.
Hago oídos sordos y sonrío a mi abuela y a papá que, aunque parezca que lee la prensa, también está preparado para actuar y mediar entre las dos, como es la costumbre.
‒Tengamos la fiesta en paz, mujeres ‒murmura tras las hojas tintadas.
‒Tan solo me estoy interesando por la vida de mi hija. Y como ella no cuenta nada, pues tendré que preguntar.
‒Tú no preguntas, juzgas directamente ‒arguye mi lado indomable, alias: la chica de Montana. Mamá es especialista en sacarla a flote.
‒¡¿Yo juzgarte?! ‒se altera, dejando su taza sobre la mesa‒. ¡Solo quiero lo mejor para ti, siempre lo he querido!
De soslayo observo que papá dobla el periódico, dispuesto a entrometerse. Tarde, la batalla está servida.
‒¡Lo mejor para mí es hacer lo que yo quiera con mi vida, no lo que tú digas! ‒exploto contra ella.
‒¡¿Y qué se supone que quieres hacer con tu vida, dime?! ¡Te la pasas saltando de un lado a otro, de un trabajo a otro, de un chico a otro!
Ese guantazo sin manos me dejará marca.
‒¡Tengo metas en mi vida y quiero cumplirlas! ¡No pienso encerrarme en una casa de un pueblo de mala muerte y vivir a costa de un hombre! ¡No soy Shelvy! ¡Y mucho menos tú!
‒Amber…
‒¡Al menos Shelvy se preocupa por tu familia y se comporta como una hija! ¡Tú tienes muchos pájaros en la cabeza y crees que el mundo es tan rosa como tu color de labios, y al final terminarás como Lory!
‒¡Frances!
Siempre tengo una respuesta recurrente para replicar a mi madre, normalmente son las mismas porque siempre es la misma discusión, una y otra vez, pero este último golpe nunca me lo había dado. ¿Acabar como Lory? ¿Qué se supone que quiere decir con eso? ¿Acaso está comparando mi vida con las miserias de la ya fallecida Lory Ashwood?
La miro perpleja y sin poder reaccionar.
‒¡Frances, ya vale! ‒se impone papá, levantándose del sillón con brusquedad‒. ¡Amber no tiene nada que ver con Lory!
‒¡Me refiero a que no quiero que acabe sola y alejada de su familia! ‒responde, esta vez a papá.
Dejo el café sobre la mesa y, con su discusión de fondo, salgo de casa. Necesito tomar el aire.
Sentada en las escaleras del porche observo el suburban de Bruce y por mi cabeza cruza la idea de marcharme ahora mismo. Después, me fijo en la casa al otro lado de la calle, la casa de Lory, y pienso en si mamá tiene razón y, tanto Rachel como yo, estamos siguiendo su patrón. A nuestra edad ella ya tenía a mi amiga en brazos.
Mi estómago se contrae de golpe y sin aviso, provocando que el fluido de su interior regurgite y ascienda por mi esófago, y solo me da tiempo de salir corriendo hasta los rosales de mi abuela y regarlos hasta con la última gota del café ingerido. Un par de arcadas sobrevienen como réplicas, pero por suerte no vomito nada más.
Tras los intensos envites, caigo de rodillas sobre el césped y elevo el rostro hacia el soleado astro mientras me protejo el abdomen con las manos.
‒Por favor, que sea un virus ‒imploro al dios que me quiera escuchar.
‒Amber.
Al abrir los ojos veo a papá caminando pesaroso en mi dirección. No me agrada que discuta con mamá por mi culpa, o por la culpa de nuestras peleas, y aunque bien es cierto que hoy se pasó de la raya, tanto papá, como la abuela y Dylan siempre terminan siendo los efectos colaterales de nuestras disputas.
Me levanto de la hierba para recibirle y finjo encontrarme bien.
‒No se lo tengas en cuenta ‒dice cuando se detiene a mi lado y en referencia a mamá‒, no pretendía compararte con Lory.
‒Hasta que no me vea casada y con hijos, no parará.
Rodeo a mi padre y atravieso el jardín hasta las dos grandes rocas que hay delante de la casa y que siempre hemos usado como bancos. Papá me sigue y ocupa la segunda.
‒Es su mayor deseo ‒la defiende con una media sonrisa que consigue ablandarme. Tiene mucha experiencia en mediar y calmar a ambas partes; tanta como en partos del ganado. De no ser por él, mamá y yo no nos hablaríamos desde los dos años anteriores a mi abandono de Greentown.
Sonrío, contagiada por su templanza, y apoyo la cabeza sobre su hombro para que el sol y la suave brisa terminen de relajarme.
‒Oh, no.
El lamento de papá hace que abra los ojos y me fije en el coche de policía que está aparcando junto al de mi vecino.
‒¿Por qué viene el sheriff? ‒pregunto a papá.
‒Es su ayudante.
En cuanto el joven agente pone un pie en el asfalto, mi mente viaja como un rayo al pasado, a mi adolescencia.
‒No me lo puedo creer. ¿Ese es Tommy Fharlow?
La expresión de mi padre me pone nerviosa. Extremadamente nerviosa.
Tom Fharlow, Tommy como cariñosamente lo llamaba yo, era un compañero de clase del que todo el pueblo creía que yo era la novia. Pasábamos bastante tiempo juntos en clase y fuera de ella cuando salíamos en grupo, y aunque era más guapo que la gran mayoría de chicos, y muy simpático, nunca llegué a sentir una conexión diferente o más especial que con cualquier otro. Bien es cierto que, baile que se organizaba en el instituto o en el pueblo, baile al que acudía con él. Tommy siempre me pedía ser su pareja y yo no veía nada malo en serlo. Las habladurías que podían decir de nosotros me importaban bien poco. Y a Tommy menos. Él fue quien me dio mi primer beso; y mi primer beso con lengua, también. Él fue el causante del despertar de mi apetito sexual, aunque nunca tuvimos relaciones tan íntimas.
Lo último que supe de Tommy era que estaba estudiando leyes en una reputada universidad.
‒¿Desde cuándo es el ayudante del sheriff? ‒interrogo a papá‒. Y, ¿qué hace aquí?
‒Shsss… ‒Me hace callar, porque el chico está a pocos pasos de nosotros, y se pone en pie para saludarlo‒: Agente Fharlow.
‒Señor Phoenix.
Una breve risotada se fuga involuntariamente de mi boca al recordarlo de joven, completamente intimidado por mi padre, y los dos me miran extrañados.
Carraspeo, intentando vagamente eclipsar la risa, y me pongo junto a papá para saludar a la visita:
‒Hola, Tommy.
‒Amber ‒saluda con un gesto de cabeza, a la vez que se quita el sombrero y peina su corto cabello castaño‒. Hacía muchos años que nadie me llamaba así ‒dice con una sonrisa.
‒Seguro que tantos como los que llevamos sin vernos.
Él asiente divertido, yo le observo casi admirada por el gran hombre en que se ha convertido y papá se mantiene en la mítica postura de protector de su única hija.
‒Pasemos dentro ‒habla por fin‒, Frances se preguntará por qué no has venido.
Analizo al detalle y en cero coma dos segundos cada palabra pronunciada por papá y la furia se apodera de mi ser al comprender por fin el motivo de la visita e intuir la doble intención de mi madre. No se rendirá hasta que consiga su propósito.
‒¿Mi madre te ha pedido que vengas? ‒le pregunto, sin poder ocultar la sorpresa y el malestar.
‒Me invitó a tomar un café ‒responde Tommy, que comienza a caminar detrás de papá.
‒¿Es habitual?
‒No. A decir verdad, es la primera vez.
La ancha espalda de mi viejo amigo se convierte en la diana para mis cuchillos visuales dirigidos a mamá, y, antes de entrar en casa, cojo aire profundamente.
Como era de esperar, ella lo recibe con excesiva cordialidad y amabilidad, como si acabara de entrar el mismísimo presidente Obama. Me dan ganas de echarle en cara lo que opinaba del joven Fharlow años atrás.
Alejándome de la extraña situación, salgo del salón y me dirijo a la cocina donde encuentro a Rachel preparándose un té.
‒No te lo vas a creer, mi madre ha invitado a casa a Tommy Fharlow.
‒Lo sé ‒responde sin darme cara.
‒¿Lo sabías?
‒Tommy vino a darme el pésame en el cementerio y tu madre aprovechó para pedirle que se pasara a tomar un café.
‒¿Y dónde estaba yo que no le vi?
Mi amiga me mira por encima del hombro y su iracunda expresión lo dice todo: estaba con Growdler.
‒¡Oh! ‒musito, recostándome sobre la isla‒. Pudiste advertirme de lo que planeaba la loca de mi madre.
‒¿En serio, Amber? ‒espeta escéptica, girándose hacia mí‒. ¿Tú piensas reprocharme una deslealtad?
Pongo los ojos en blanco y suspiro derrotada.
‒Lo de Growdler tiene una explicación ‒le digo‒. Solo déjame que te la cuente.
‒Debiste hacerlo cuando hablaste con él.
‒Niñas, ¿por qué no venís al salón con nosotros? ‒comenta mamá, entrando en la cocina y dirigiéndose a la cafetera.
Rachel y yo nos quedamos calladas, mirándonos desde la distancia mientras ella sirve una taza de café para Tommy.
‒¿Venís o no? ‒insiste.
Mi intención es quedarme con Rachel y solucionar de una vez por todas el tema de Growdler, pero mi amiga no piensa lo mismo y, cogiendo su té, la acompaña.
En el salón me siento junto a mi abuela e intento pasar a un segundo plano mientras mamá le hace todo tipo de preguntas a Tommy y el pobre las sortea como puede. Apuesto a que ahora se arrepiente de haber aceptado la invitación.
‒¿Por qué no llevas a Amber a cenar y os ponéis al día? ‒propone mi madre, sorprendiéndonos a todos‒. Lleváis mucho tiempo sin veros.
‒¡Mamá! No puedes exigirle eso a Tommy, él ya tendrá sus planes ‒la amonesto.
‒Esta noche estoy libre.
No sé qué me molesta más: si, que el joven ayudante del sheriff caiga tan fácilmente en las trampas, o la sonrisa triunfal de mi madre.
Miro a Rachel, en busca de una ayuda cómplice, y esta se encoge de hombros:
‒Por mí no te preocupes, con tu familia estoy muy bien.
‒Entonces…, no veo por qué no.

Me visto con lo primero que saco de la mochila; en este caso, un vaquero desgastado por el uso y una camiseta de cuello abierto en color plomo. Un atuendo informal para una cita in-formal. No quiero que Tommy, ni mi madre, se creen falsas ilusiones.
Tyler llama a mi móvil durante el proceso, pero no contesto; gracias a mamá no estoy de humor y tampoco tengo tiempo. O probablemente sea una excusa más, basta que ayer tampoco hablamos. Greentown vuelve a asfixiarme.
A las siete en punto, Tommy regresa para recogerme. Siempre ha sido un chico extremadamente puntual, algo que es de agradecer, y eso que solo contaba con una hora para ir hasta su casa, arreglarse y volver. Claro, que no es una chica.
Cuando le veo apostado en el rellano junto a mamá, recuerdo al Tommy nervioso y exaltado que me recogió para el baile de graduación y que papá vigilaba desde el salón. De hecho, lo sigue haciendo, aunque intente ocultarse tras la prensa.
‒¿Nos vamos? ‒propongo.
Tommy abre la puerta de casa y, como un perfecto caballero, me cede el paso.
Me alivia comprobar que la elección de un look desenfadado encaja a la perfección con el de mi acompañante. Debo reconocer que siempre hemos estado muy sintonizados.
‒Es la primera vez que subo a un coche de policía ‒le digo cuando me abre la puerta del pasajero.
‒Me consuela saber eso.
Sonrío y, mientras le veo rodear el morro del coche, pienso en que a lo mejor esta salida inesperada no es tan mala como pensaba.

El Mary’s Grill es el local más emblemático de Greentown, conocido por su exquisita y deliciosa carne a la parrilla, y todo tipo de salsas y especias para condimentarla. Es la meca y punto de encuentro de la juventud, y no tan juventud, del pueblo. La de horas que habremos pasado Rachel y yo entre esas paredes.
Por muchos años que pasen, el local no cambia. Mejora y se reforma, pero sin perder la esencia de la parrilla.
Nada más cruzar las puertas, el aroma a barbacoa te inunda y despierta un apetito voraz.
‒Creo que no vamos a tener sitio ‒le digo, al ver el local y sus mesas llenas hasta la bandera. Es como si todo el pueblo se hubiese puesto de acuerdo en reunirse hoy aquí.
‒Para algo tiene que servir ser el ayudante del sheriff.
‒¿Abuso de poder? ‒me burlo.
Tommy se ríe y dirige sus pasos hacia la barra donde seguro que tendremos que esperar a que haya una mesa libre. Pero no, para mi total agrado, una de las camareras le sonríe cordial y nos guía hasta una tranquila en el fondo. Es raro, por no decir incómodo, que todos los presentes saluden al agente Fharlow y a mí me miren como si fuera un bicho raro. Seguro que la mayoría de ellos piensan: esta es la Phoenix fugada.
Nada más sentarnos, la camarera nos entrega las cartas para que elijamos. Yo ya sé lo que quiero; tras más de ocho años sin poner un pie aquí, quiero…
‒Para mí el Mary’s Grill.
A la joven camarera se le abren los ojos como si acabara de pedir una bandeja de ostras o caviar de beluga.
‒Espera, Amber, espera ‒murmura Tommy, sin poder contener la risa‒. Este sitio ha cambiado mucho durante estos años y ahora el Mary’s Grill es como para ocho personas.
Esta vez soy yo la que pongo cara de: ¿ostras? ¿beluga?
‒Mejor tráenos un Mix Mary para compartir ‒pide Tommy.
‒Genial. ¿Y de beber?
‒Agua ‒respondemos a la vez.
Una vez nos quedamos a solas, siento como el peso de la intimidad recae sobre los dos. En esta mesa circular de mantel negro y con un pequeño jarrón de flores silvestres en el centro, vuelvo a sentirme adolescente.
‒¿Te molesta que te llame Tommy?
Mi acompañante sonríe y niega con la cabeza.
‒Al contrario, me trae muy buenos recuerdos.
‒A mí también.
La camarera regresa con el agua y unos biscuits de pan, pero eso no impide que Tommy y yo nos sigamos mirando con divertida complicidad; como si todos estos años no hubiesen pasado.

EnAntenaconAmber16

Este mensaje es para ti Kravchenco que sé que lees el blog y, para mi enfado, también te apropias de mis historias. 

Estas incumpliendo el régimen de la propiedad intelectual y eso está penado por la ley. Elimina los archivos de Wattpad y deja de hacer estas cosas o te denunciaré. 

Actualizado: Wattpad ya ha eliminado el plagio. Si se repite, no seré tan benevolente. 

En voz propia: Como siempre, quiero dejar claro que cada capítulo de En antena con Amber está registrado bajo mi autoría y propiedad intelectual. Digo esto porque hace dos días descubrí a una “tiparraca”, por no llamarla de otra forma, una impostora que se había apropiado de mi obra En línea con Amber y había subido los capítulos de dicha novela a una web como si fueran suyos. Me hizo sentir rabioso y triste, muy triste. Amber es mía, mi creación, y que alguien me la robe y presuma de la gran historia que ha creado… No tengo palabras. Bueno sí, y no son nada buenas.

Y ahora dejo que leáis y espero disfrutéis del nuevo capítulo de En antena con Amber. MI AMBER. Gracias por “escucharme” 😉

                                                                        CAPÍTULO 15

Montana, el Estado de las llanuras, las reses y los sombreros vaqueros, donde los ranchos se cuentan por miles de hectáreas y las manadas de caballos, por centenares; el Estado del tesoro, de las Rocosas, el país del gran cielo, el último mejor lugar; tierra de indios, búfalos y osos grizzlys; recorrida por Lewis y Clark, asediada en Little Big Horn, sucumbida por la fiebre del oro. Montana, la tierra que me vio nacer, crecer y huir.
No habíamos regresado desde nuestra marcha, años atrás, y este es el único motivo que puede traernos de vuelta: un funeral. Todavía escucho el murmullo roto y apagado de Rachel cuando anoche, o hace unas horas, me decía:
–Amber, tengo que verla antes de que se muera.
No sé muy bien cómo he funcionado. No recuerdo tomar las riendas de la situación, organizarnos y disponer todo para salir cuanto antes hacia nuestro primer hogar. Pero por Rach hago lo que sea, igual que ella lo haría por mí.
Tuve que recurrir a nuestros vecinos del primero y ex… lo que sean, Bruce y Austin. Ni siquiera pensé en si era buena idea o no; bajé y llamé a su puerta antes de replanteármelo. Mi antiguo enamorado fue quien abrió.
‒Hola ‒saludó adormilado y con aspecto de recién llegado de un after‒. ¿Qué ocurre?
‒Siento molestaros a estas horas, pero Rachel y yo necesitamos un coche urgentemente y pensé que igual Bruce…
Austin me observó de arriba abajo entre sorprendido y confuso, rascándose las greñas rubias oscuras y silenciando durante unos segundos que se me hicieron eternos; tan eternos que tuve tiempo de imaginar la negativa de mi vecino, algo dramático y con garra como: ¿ahora sí os interesa nuestra amistad?, y después cerraría de un portazo. Pero Austin nuevamente volvió a demostrarme que es mejor persona de lo que pienso, a pesar de cómo terminamos.
‒Pasa ‒me invitó‒. Voy a preguntarle.
Seguí a mi vecino al interior de su casa, hasta el salón. El piso es igual que el nuestro, salvo que de chicos. Con eso lo digo todo. Bruce se encontraba tirado en un sofá, con un aspecto tan ajado como el de su amigo y durmiendo a pierna suelta aunque la tele retransmitiese un combate de boxeo a elevado volumen.
‒Bruce, despierta ‒lo llamó su amigo, agitándolo para que reaccionara‒. ¡Bruce! Ha venido Amber.
Abrió los ojos de golpe y se levantó como un resorte y aturdido. Hasta que me vio plantada en su salón, a escasos metros de él, y su mente pareció aclararse.
‒Amber, ¿qué pasa? ‒preguntó con voz pastosa.
‒Rachel y yo debemos regresar a casa urgentemente y necesitamos un coche. Te lo devolveremos en un par de días.
‒¿Va todo bien?
La atenta e interesa mirada de mis vecinos, sumado al gran favor que necesitaba, hizo que fuera sincera y directa:
‒La madre de Rachel se está muriendo.
Sus caras lo dijeron todo: era una mierda.
La bajada en ascensor con mi amiga fue silenciosa. No se dio cuenta de que lo hacíamos directamente al parking del edificio, aunque temí que le salieran dos cabezas cuando llegásemos hasta el coche de Bruce. Tanto él como Austin esperaban allí y la situación fue extraña para los tres; Rachel se fundió en un inesperado abrazo con Bruce, y él se lo devolvió. Duró poco, pero significó mucho. Después, Rach se soltó y subió al coche sin articular palabra.
‒¿Seguro que no quieres que os lleve? ¿Piensas conducir toda la noche? ‒me preguntó Bruce al entregarme las llaves.
‒No te preocupes, lo que menos tengo en este momento es sueño. Pero, gracias por todo.
Dejé mi mochila y la de Rachel en los asientos traseros del suburban y monté al volante.

Diez horas y cuatro paradas desde ese momento, llegamos al hospital Lutherano de Great Falls donde tienen a Lory; Greentown es un pueblo demasiado pequeño y solo dispone de un centro médico básico.
Rachel ha pasado el viaje entre cabezas y escuchando country en una emisora estatal. Yo me he ido tensando a cada kilómetro recorrido.
Una vez aparcamos el suburban negro de Bruce, atravesamos las puertas del centro hospitalario y nos acercamos al mostrador de información donde nos explican que Lory está en cuidados intensivos y cómo podemos llegar hasta allí. También nos advierten de que solo un familiar podrá entrar a verla. Cuando preguntamos por su estado de salud, la respuesta es que preguntemos a su médico. Algo que no es muy alentador.
En la cuarta planta, el silencio sepulcral pone los pelos de punta. Además, apenas nos cruzamos con una enfermera y los pasillos, aunque ordenados y limpios, son tan grandes, tan blancos y tan luminosos que parecen el sendero hacia el mismísimo cielo, si es que existe.
La habitación cuatrocientos veintidós se encuentra al final del pasillo central, junto a un puesto de enfermeras y una sala de espera donde encontramos sentados a mis padres. Verlos hace que me quiebre por dentro. La dureza que fingía delante de Rachel, desaparece, y llorando corro a los brazos de mi padre, que salta de la silla al vernos llegar.
‒Papá… ‒sollozo sobre su hombro.
‒Shsss… cariño.
Sentir sus fuertes brazos rodeándome y percibir su característico olor que tanta falta me hace en Seattle, provocan que llore todavía más.
Mamá acoge a otra llorosa Rachel y la consuela emocionada. Tanto ella como papá siempre la han querido y tratado como si fuera una hija más.
Mi amiga nunca estuvo muy apegada a su madre, a Lory, como ella siempre la llamaba. No tener padre fue un gran escollo en sus vidas y entiendo que Lory debía rehacer su vida, pero la común y reiterada frecuencia de hombres desconocidos en casa, terminó con cualquier vínculo afectivo entre ellas. Sé que ambas se quieren más de lo que ninguna demostrará jamás, pero Lory nunca maduró y eso, Rachel, siempre se lo ha reprochado. Lory vivía en una permanente adolescencia, sin pensar en sus responsabilidades o en su hija, y con el único interés de gustar a los hombres. Y daba igual el tipo de hombre, cualquiera que le guiñara un ojo tenía pase nocturno a su cama. No es que Lory fuese una mala madre, solo… no supo serlo.
Desde niña Rachel pasaba la mayor parte de las horas del día en mi casa; yo era feliz de tenerla conmigo y mis padres la adoraban. Las únicas noches que durmió en su propia casa fueron las que mamá le aconsejó que lo hiciese para estar cerca de su madre, y solo porque yo me iba con ella.
Fue durante un almuerzo en el instituto cuando me lo confesó:
‒No soporto más a Lory, Amber. No puedo seguir viendo cómo cada noche trae a uno distinto a casa, tan borracha que dudo distinga entre un hombre y un caballo. Tengo pensado marcharme.
‒¿Qué? ¿Cuándo?
‒Hoy, mañana, no lo sé. Pero no quiero seguir aquí.
‒¿Y adónde piensas ir?
‒No lo sé. A cualquier parte.
En aquel momento sentí que mi mundo se desmoronaba y un profundo dolor se instaló en mi pecho.
‒Al menos, espera hasta terminar el instituto.
‒No creo que lo resista.
‒Hazlo por mí ‒le supliqué‒. Espera hasta que nos graduemos y después me iré contigo.
Y así lo hicimos. Nos graduamos varios meses después y a la siguiente semana viajábamos en tren hacia el primer destino que pudimos: Seattle.
Durante todos estos años la relación entre ellas no ha mejorado; alguna que otra llamada, muy de vez en cuando, ha sido todo el contacto que han mantenido. La mía con mis padres, o mejor dicho con mi madre, ha empeorado desde entonces. Mamá nunca me perdonará que me escapase de esa manera, sin decir nada, y cada vez que puede me lo reprocha. Apenas podemos estar en la misma habitación sin discutir.
Cuando nos intercambiamos, abrazo a mamá con tanta fuerza que temo hacerla daño. En todo el viaje no he podido quitarme de la cabeza la idea de que, como llegásemos demasiado tarde, era probable que Rachel no pudiera despedirse de su madre; de que jamás habría un último adiós entre ellas, un último beso. Y de ahí pasé a pensar en mi madre, en qué pasaría si en vez de Lory fuera ella. Egoístamente, agradecí que no fuese así.
‒Hola, mi niña… ‒murmura dulcemente en mi oído.
La última vez que estuve con mis padres fue hace dos navidades, cuando viajaron hasta Seattle para pasar las fiestas con nosotras.
‒Hola, mamá ‒contesto con la voz tomada por la emoción.
Mi madre y yo somos como dos gotas de agua, siempre me lo han dicho, que soy igual que ella cuando era joven. Incluso de carácter y forma de ser. El problema radica en que mis aspiraciones eran, y son, completamente diferentes a las que ella tuvo de joven. Puede que por eso discutamos tanto. Por lo demás, estoy encantada; admiro a mi madre, y a sus… -Bueno, no diré su edad porque odia que la gente la conozca- es una mujer muy bella. La media melena color cobrizo la hace parecer más joven de lo que es.
Papá es honrado, honesto, gentil, bondadoso y todos los calificativos de buena persona que puedan existir. Trabajador como él solo y muy guapo. Mi hermano Dylan ha heredado sus rasgos, que sumados al aire rebelde jovial que posee, hacen de este uno de los chicos más deseados de Greentown. Ambos altos, fuertes, rubios y muy extrovertidos. Lo que no me gusta de Dylan es su prometida, Shelvy, antigua amiga y compañera de clase.
‒Tranquila, pequeña ‒consuela papá a Rachel.
‒No lo entiendo, Richard ‒solloza abrazada a él‒. No entiendo qué ha pasado.
Mamá me mira, con la tristeza incrustada en sus ojos castaños, y retira las lágrimas de mis mejillas.
‒Ha sido por el alcohol ‒dice con pesar, llamando la atención de mi amiga‒. Todo por culpa de la bebida.
‒Pero, ¿así de repente? ‒cuestiono.
Mi madre se gira hacia papá y los dos se envían mensajes visuales, como si estuvieran llegando a un acuerdo de si decirnos o cómo decirnos lo que sea que tengan en mente.
‒Verás, cariño ‒empieza papá, abarcando las mejillas de Rach con suma delicadeza‒. Tu madre llevaba un tiempo enferma.
Esa noticia nos pilla tan de sorpresa, como la recibida la noche pasada.
‒¿Cuánto tiempo? ‒pregunta Rachel con la voz rota.
‒Más de un año ‒responde mamá.
Mi amiga la mira con los ojos tan abiertos como la boca, igual que yo, sin poder dar crédito a lo que escucha.
‒¿Un año?
‒Sí, cariño ‒me dice‒. Lory enfermó hace algo más de un año por el dichoso alcohol y nos hizo jurar que no os contaríamos nada hasta que…
‒Pero… ¿Por qué…? ¿Por qué no me llamasteis? ¡Tenía derecho a saberlo! ‒exclama mi amiga, alterada.
‒Tu madre sabe que nunca te dio una buena vida ‒comenta papá‒. No quería que sufrieras más.
Rachel vuelve a romperse en lágrimas y llantos mudos, y papá la cobija contra su pecho.
Aprovecho ese momento para separarme unos pasos con mi madre.
‒¿Cuánto tiempo le queda?
‒Dudo que aguante mucho más. Gracias a Dios que ya habéis llegado.
Miro a una temblorosa Rachel, a la que papá le susurra palabras de aliento y cariño, y dudo que sea capaz de entrar a despedirse. Me impresiona verla tan afectada, al escucharla renegar tantas veces de Lory.
‒Esa es la enfermera que cuida de Lory. ¡Disculpe! ‒la llama mamá.
Me giro hacia el pasillo y descubro a la enfermera jovencita con la que nos cruzamos anteriormente.
‒Ella es la hija de Lory ‒le dice, señalando a Rachel‒. ¿Puede pasar a verla?
Mi amiga parece recomponerse un poco, gracias a papá, y se presenta ante la enfermera.
‒Claro. Acompáñame.
Entonces, mi adorada y entristecida amiga me observa con ojos suplicantes.
‒Yo no puedo entrar, cariño ‒le digo, con pena de no poder darle el último adiós a la mujer que nos enseñó a maquillarnos.
‒Por favor. Sola no me atrevo.
Esas palabras parecen conmover a la enfermera, permitiendo que acompañe a la hija de la paciente terminal.

La habitación es más grande de lo que pensaba y mantiene la misma serenidad que el resto de la planta, únicamente turbada por el pitido repetitivo de la máquina que controla el corazón de la paciente. La cama está en el centro de la estancia, alumbrada por los rayos de sol que atraviesan los estores laminados, y la aparentemente dormida Lory está irreconocible. ¿Dónde está la mujer exuberante de años atrás?
Rachel y yo nos detenemos junto a la puerta, impactadas por lo que vemos.
‒Puedes hablar con ella ‒dice la enfermera detrás nuestra‒. No está sedada porque ya nada le hace efecto.
Me acerco a Rach y le agarro de la mano.
‒Ve, cariño. Despídete.
Nunca me he visto en una situación igual y no sé qué hacer. Mamá o papá sabrían qué hacer. Ellos deberían haber acompañado a Rachel.
‒Os dejo a solas.
La enfermera se marcha y yo me acerco a la cama, llevando a Rachel de la mano. Ninguna podemos dejar de mirar a la sombra de Lory: su cabello azabache ya no resplandece y está lacio y sin vida; su rostro, cubierto por una mascarilla de oxígeno, es de hueso y amarillento; sus brazos parecen dos ramitas de un viejo y descuidado árbol; y el resto de cuerpo lo cubre la manta, pero…
‒Hola, Lory ‒la saludo, intentando que Rachel hable con ella y le diga que la quiere y la perdona.
Apoyo la mano libre sobre la de la mujer y exhalo al notarla tan fría. Mi instinto hace que mire la máquina del pitido y veo las montañitas verdes que salen en ella. Vive, ¿no? ¿Cómo es posible que esté tan fría?
‒¿Mamá? ‒musita Rachel tan bajo y con una voz tan apagada, que provoca lágrimas en mí‒. ¿Mamá?
La mano que retengo bajo la mía se mueve levemente, al igual que los párpados de Lory, y animo a Rachel a que le siga hablando.
‒Estoy aquí, mamá. Soy Rachel.
Una roca se asienta en mi garganta y soy incapaz de tragar, carraspear e incluso respirar.
‒Lo siento ‒continúa mi amiga y rompe a llorar‒. Siento no haber estado aquí, siento que… Perdóname por no venir a verte. Yo… te quiero, mamá. Aunque creas que no, te quiero mucho, y sé que tú a mí también.
Con la cabeza gacha y el corazón estrujado, dejo correr las lágrimas sin interrumpir a mi amiga.
‒Perdóname por todo. Yo te perdono a ti.
Rachel se acerca e inclina sobre la cama y su madre, y acerca la boca a su frente para darle un emocionante y desgarrador beso. La escena me parte en mil pedazos.
‒¿Mamá, estás despierta?
Parpadeo rápidamente y limpio mis enturbiados ojos que me impiden ver nada. Después descubro que Lory ha abierto los suyos y mira fijamente a su hija. Hasta su mirada ambar que tanto hechizaba a los hombres, ya no brilla.
‒Te quiero, mamá ‒solloza sobre ella y vuelve a besarla‒. Te quiero y te echaré de menos.
Rachel suelta mi mano para salir corriendo de la habitación y me siento junto a Lory para acompañarla y que no esté sola. Mi antigua vecina me observa como queriéndome decir un millón de cosas y no poder vocalizar ninguna.
‒Hola, Lory ‒le digo agarrando su gélida mano y controlando el llanto‒. Tranquila, puedes irte. Rachel no estará sola, mis padres y yo cuidaremos de ella.
Miro por encima del hombro, comprobando que seguimos solas, y me inclino sobre ella para acariciarle la cara.
‒Quiero que sepas que James la ha encontrado ‒le cuento y un brillo fugaz estalla en sus pupilas‒. Es un buen hombre, Lory, ahora él se ocupará de Rachel. Quiere hacerlo, me lo ha dicho. ¿Por eso le llamaste, verdad? Sabías que tu enfermedad…
Deslizo los dedos por su frente y planto un cariñoso beso en ella.
‒Descansa, Lory, y ve en paz. Todo estará bien.
Como si me hiciera caso, la madre de Rachel baja los párpados y, muy poco tiempo después, el pitido repetitivo se vuelve constante.
Me alejo unos pasos de la cama, en cuanto varias enfermeras acceden apresuradas a la habitación, y nada más comprobar sus constantes vitales, me miran con tristeza y resignación.
‒Ha fallecido.

Salgo de la antigua habitación de Dylan y cierro la puerta con suma cautela para no despertar a Rachel. Tras un viaje nocturno larguísimo y un comienzo de día terrible, ha quedado rendida de tanto llorar y no poder descansar adecuadamente. Me preocupa verla tan frágil.
Apoyada en el marco de la puerta, cierro los ojos y suspiro, intentando pensar cuál es el siguiente paso a dar.
‒Hola, hermanita.
Abro los ojos de golpe y descubro a Dylan acercándose por el pasillo, con las manos metidas en los bolsillos de sus vaqueros y la sonrisa de chico rebelde incrustada en el rostro.
Sin pensarlo corro hacia él y me tiro a sus brazos.
‒Hola ‒musito contra su pecho y, de pronto, me siento como la niña pequeña que buscaba cobijo y consuelo en su hermano mayor.
Dylan también me abraza con fuerza y afecto, demostrando el cariño que siempre me ha tenido; que nos tenemos.
‒¿Cómo estás? ‒me pregunta.
‒Cansada ‒lloriqueo.
‒Mamá me ha dicho que estuviste con Lory hasta el último momento. Eres muy valiente.
Niego, sin despegar la cabeza de su camiseta.
‒Lo hice por Rachel. Nunca se perdonaría que su madre hubiese muerto sola.
‒¿Cómo está ella?
‒Dormida en tu habitación.
‒Entonces, dejaremos que descanse y después comerá.
Me separo de mi hermano y le miro a la cara, ahora cubierta por una fina y oscura barba rubia. Hacía mucho que no le veía, demasiado, pero está tan guapo como siempre.
‒Estás viejo ‒me burlo de él.
‒¿Sí? ‒pregunta y luego se ríe divertido‒. ¿He perdido mi encanto? Tú, en cambio, estás preciosa.
‒Y tú nunca perderás el encanto.
Vuelvo a abrazar a Dylan y me hago la promesa de no volver a pasar tanto tiempo si verlo.
‒¿Has venido con Shelvy? ‒le pregunto, deseando que la respuesta sea no.
‒No. Se acerca la boda y está muy ocupada con los preparativos. A la tarde vendrá a ver a Rachel.
‒El rebelde sin causa de Greentown se casa, ¿eh?
‒Eso parece.
Despego la cabeza de su pecho y le observo entornando la mirada.
‒No pareces muy emocionado.
‒Sí, claro que estoy emocionado. Es un gran paso.
Le miro dudosa y él se remueve inquieto.
‒No te cases si no es lo que deseas.
Dylan sonríe de medio lado y planta un beso en mi cabeza.
‒Venga, vamos a comer ‒me dice.
‒Baja tú, antes tengo que hacer un par de llamadas.
Mi hermano se marcha y yo entro en mi antigua habitación para llamar tranquilamente y sin interrupciones.

‒Amber ‒contesta al segundo tono.
‒Hola, señor Growdler. ¿Está ocupado?
Me siento en el banco acolchado de la ventana de mi habitación y observo a través del cristal el día tan espléndido que hace en el exterior y las montañas que rodean el pueblo.
‒Tranquila, puedo hablar. Cuéntame, ¿se lo has dicho?
‒Todavía no, le llamo por otra cosa.
‒¡Oh! De acuerdo, dime.
‒Ya sé el motivo por el que Lory contactó con usted.
‒Te escucho ‒me dice tras un breve silencio.
‒Ha fallecido esta mañana.
‒¡Oh, Dios! ‒se lamenta‒. ¿Cómo ha sido?
‒De una larga enfermedad.
‒Rachel nunca me dijo…
‒Ella no lo sabía ‒le interrumpo‒. Y lamento decirle esto, pero va a tener que esperar para darle su noticia. Ahora no es el mejor momento para que Rachel descubra que es su padre.
‒Pero…
‒Yo le llamaré, señor Growdler. Por favor, manténgase al margen ‒vuelvo a cortarle y termino colgando.
Creo que estoy haciendo lo correcto. Si Rach descubriera en este momento que James es su padre, perdería completamente la cabeza y bastante está pasando ya.
Con ese pensamiento de sobreprotección hacia Rachel, hago la siguiente llamada.
‒Hola, preciosa ‒contesta de forma sensual al primer tono.
‒Hola, Paris. Llamo para decirte que hoy no podré ir a trabajar ‒suelto de golpe y a la carrera.
‒¿Por qué no?
‒Se ha muerto la madre de Rachel y hemos viajado hasta Montana.
Un intenso suspiro es lo que recibo desde el otro lado de la línea. Un suspiro de contención, que ya lo voy conociendo.
‒Mierda, Amber, esto no es nada profesional. ¿No podías avisar antes? ¿Cómo suplimos el programa?
Esta vez soy yo la que coge aire y cuenta hasta diez antes de contestar. Ahora que nos llevamos bien, no es plan de volver a enfadarnos y enfrentarnos.
‒Podrías poner un recopilatorio de las mejores llamadas.
‒Eso es una mierda ‒gruñe‒. ¿Y cuándo volverás, si puede saberse?
‒Mañana será el funeral, imagino que regresaré el fin de semana.
‒Entonces, ¿son dos días los que no vas a estar?
‒¡Paris! ‒rujo enfadada‒. Acaba de morir la madre de mi mejor amiga y debo estar aquí, con ella, si eso no lo puedes entender y poner de tu parte, entonces… renuncio. Dejo el pro-grama.
Cuelgo enfadada, como hacía días no lo estaba con él. ¿Cómo es posible que sea tan inhumano e incomprensivo?
El teléfono suena al segundo después, pero al ver su nombre en la pantalla no lo cojo y sigo observando por la ventana en un intento de relajarme.
A la tercera llamada, contesto:
‒¿Qué?
‒Está bien, ya veré cómo nos apañamos. Nos vemos la semana que viene.
Cuelga sin darme la posibilidad de mandarlo a la mierda. Y en parte me alegro porque luego me arrepentiría de todo.

FamiliaPhoenix

Atención queridas lectoras!!!!

Os informo que el final del capítulo anterior, es decir, el 12+1, ha sido modificado en la novela original. Amber ya no chocará contra alguien al entrar en el centro comercial, pero se encontrará con esa persona en el interior, en el capítulo 14.

Espero que sigáis disfrutando con la historia de Amber, cuya publicación fija será los jueves!!! Apuntadlo en el calendario!!! 😉 😉

                                                                          CAPÍTULO 14

Exhausta detengo la cinta de correr y bajo de ella, tras recoger mis pertenencias. No he hecho ni quince minutos corriendo y me temo que será todo el ejercicio que haga por hoy. Mi cuerpo no rinde al cien por cien y, es que, el intenso fin de semana que he vivido, ha pasado factura. No me importa. Es recordar esos días y la sonrisa baila sola en mis labios.
Camino por el gimnasio, observando a la gente ejercitarse y buscando alguna actividad que no implique demasiado esfuerzo físico, y, es en uno de los bancos de pesas donde algo llama potencialmente mi atención: una larga coleta rubia de coloridas mechas que me resulta familiar. Al acercarme, los gruñidos y malas palabras que escucho hacia una entrenadora personal me lo confirman.
–¿Selena?
La nombrada vuelve el rostro hacia a mí y su boca se abre en una exagerada mueca de sorpresa, al igual que sus ojos.
–¡Amber! –Mi compañera de radio deja caer las pequeñas mancuernas al suelo y se levanta de un salto para correr a abrazarme–. ¿Qué estás haciendo aquí?
–Este es mi gimnasio.
–¡El mío también! –celebra ella.

Pensaba que el hecho de que Selena se hubiese apuntado a mi mismo gimnasio sería una completa y absoluta locura pero, al contrario de eso, fue sorprendentemente gratificante.
Puede que se debiera al lugar en el que estábamos, tan activo y saludable, o por la falta de horas junto a mi adorada y muy ocupada Rachel, pero agradecí la compañía de Selena. Y no solo a la hora de ejercitarme.
Descubrí una nueva faceta en mi compañera de radio que compaginaba mejor con mi forma de ser, una más calmada y menos alocada, y día a día nuestra amistad se fue afianzando. Pasamos de compartir tiempo en la radio y el gimnasio, a salir de compras; de contarnos confidencias íntimas como: que había sido criada por su abuela y que no tenía relación con sus padres, a hablar de temas corrientes y poco trascendentales; de ir a conciertos a los que la invitan, a pasar la tarde tiradas en el sofá de mi casa.
Y en eso estamos, las dos acomodadas en uno de los sofás con mis pies sobre el regazo de Selena y recibiendo una curiosa sesión de pedicura, cuando Rachel llega a casa.
–¿Qué pronto vienes hoy? –le pregunto sorprendida.
Mi amiga no solo me ignora, sino que también atraviesa el salón con gesto y actitud enfadada, para finalizar con un sonoro portazo en su habitación.
–Parece que no ha tenido un buen día –murmura Selena por lo bajo, sin ocultar una sonrisa de diversión.
–Ahora vuelvo.
Bajo los pies al suelo y, cual pingüina de uñas rojizas, voy en busca de mi compañera de piso.
Tras un par de toques en la puerta, paso al interior y encuentro a Rachel tumbada en su cama, de cara a la ventana. Que la mochila, la cazadora y las zapatillas estén tiradas por el suelo de malas maneras, es claro indicio de un monumental cabreo.
–¿Qué ocurre? –pregunto nada más cerrar la puerta.
–Nada –gruñe molesta.
Pongo los ojos en blanco y me acerco para sentarme a su espalda.
–Cuéntame –insisto mientras enredo los dedos entre su largo cabello moreno, como sé que le gusta.
–¿Qué hace esa tía otra vez aquí? Sabes que no la soporto.
–Solo pasamos el rato hasta ir a la radio.
–Claro, como ahora lo haces todo con ella –responde mordaz.
Pocas veces habré visto enfadada a Rach desde que la conozco, mucho menos conmigo, pero sé cuando intenta solapar con excusas el verdadero problema que la ha trastornado.
–Eso no es verdad y lo sabes.
–Lo que sé es que ahora pasas todos los días con ella.
Detengo las caricias en su pelo y me inclino hacia adelante para dar con su enfurruñada cara.
–¿Estás celosa?
Rachel se vira molesta hacia mí, contrayendo todavía más el arisco gesto. Su intensa mirada jade incluso parece emitir rayos de furia.
–Ya te dije un día que a esa no la envidio nada –escupe con desprecio.
–Bien, vale. Porque es así, no tienes nada que envidiarla. Tú eres como mi hermana y ella es solo una buena compañera de trabajo. Pero dejemos a Selena a un lado –negocio con calma–. Cuéntame qué ha pasado para que estés así.
Mi enrabietada amiga emite un gruñido de disconformidad y vuelve a darme la espalda.
–Ahora no me apetece contártelo.
Estallo en una carcajada por esa actitud infantil y enredo otra vez los dedos entre su lustrosa cabellera. Las caricias le aportan relajación; la relajación, sosiego; y el sosiego, confesión. Rach no tardará en decirme lo que le pasa.
–¿Quieres que te corte el pelo? –bromeo con ella.
–Ni borracha vuelvo a dejar que lo hagas. La última vez, tuve que llevar gorro durante un mes.
Esa respuesta, que es la esperada, me hace reír de nuevo.
El primer año de nuestra nueva vida en Seattle no fue muy bueno, económicamente hablando, y tuvimos que hacer auténticos esfuerzos para tener el mínimo gasto. El cuidado capilar estaba dentro de ese esfuerzo.
En cuanto nos vimos algo más desahogadas y dispusimos de un dinero ahorrado, lo primero fue acudir a una buena peluquería para consentirnos los mejores tratamientos.
–Te recuerdo que yo estuve dos semanas con una oreja morada por aquel tinte que compraste vete a saber dónde. Fue un milagro que no se me cayera el pelo.
Rachel, automáticamente, rompe a reír y yo con ella.
Reconozco que el primer año en Seattle fue muy duro pero, a la vez, muy especial y que sirvió para unirnos mucho más de lo que ya estábamos.
Me tumbo junto a ella y la abrazo con fuerza mientras nuestras risas remiten.
–Yo también echo de menos estar contigo –le confieso–. Si ahora casi no te veo, no quiero pensar cuando te matricules oficialmente en la universidad.
–No lo voy a hacer.
–¿Qué?
Separándome de ella, la miro con atención y perplejidad.
–Que no voy a ir a la universidad –responde convencida, apartando la mirada.
–¿Por qué no?
Rachel abre la boca con la intención de contestar, pero unos golpes en la puerta la interrumpen.
–¿Amber? –me llama Selena desde el otro lado.
–Dile que se vaya –gruñe molesta mi amiga.
Me quito las almohadillas de los dedos de los pies y corro al encuentro de la rubia arcoíris, que retrocede asustada cuando abro la puerta para salir.
–¿Está mejor?
Niego con la cabeza y pienso la manera adecuada de pedirle que se marche. Me da pena porque teníamos planes, pero Rach me necesita en este momento.
–¿Te importa que nos veamos después en la radio? Necesito hablar largo y tendido con Rachel.
–No, claro –responde aturdida–. Lo entiendo.
Selena recoge su bolso y cazadora del salón, y la acompaño hasta la salida donde se despide con un movimiento de mano y una tibia sonrisa.
En cuanto cierro la puerta, regreso apresurada a la habitación de mi amiga.
–Ya estamos solas.
Rachel está sentada contra el cabezal de su cama, con rostro serio y las piernas cruzadas, y yo me acomodo frente a ella, rebosante de expectación y preocupación.
–Bien, cuéntame. ¿Qué ha pasado para que ahora no quieras ir a la universidad?
Ella agacha la cabeza y se cubre la cara con las manos.
–Tenías razón –murmura tras su escondite.
–¿Razón, en cuanto a qué?
Mi amiga resopla hastiada, se pasa las manos por el pelo y termina por fijar sus ojos en los míos.
–Respecto a Growdler –dice y me tenso como si hubiese invocado al diablo–. Intentó besarme.
–¿Qué?
A mi mente viene la imagen de la última vez que vi James Growdler y cómo sus bellos, aunque enigmáticos, ojos verdes miraban a mi amiga. Sabía que sentía algo por ella.
Me cuenta que James la llamó para que acudiese lo antes posible a su despacho y, una vez allí, le dio la buena noticia de que había encontrado una pequeña galería donde poder exponer sus obras. Para Rachel esa noticia fue como un milagro, como el sueño que se empezaba a cumplir, y la euforia la embargó de tal manera que se lanzó a abrazarlo.
Me cuenta que él también estaba emocionado y radiante de alegría, y que fue en ese preciso momento cuando…
–Me agarró así –explica Rachel, abarcando mis mejillas entre sus manos–, y entonces vi en sus ojos que sentía algo por mí y que quería besarme.
Mi amiga se aparta y tiembla de repulsión al recordar el momento.
–Dios mío –es lo único que sale de mi boca.
–Por supuesto, no tuvo tiempo porque salí corriendo de allí.
Rachel está muy defraudada, aunque más que con él, lo está consigo misma. Siente que toda la ayuda y todas las alabanzas recibidas por parte del señor Growdler tenían el propósito de conseguir una relación sexual o varias; cree que debía haber sabido que no es tan buena como el hombre le hacía creer.
–Hey, eso ni lo pienses. Eres muy buena.
–¡Solo quería llevarme a la cama! –exclama dolida.
Quiero animarla, aunque no sé cómo. No me sale defender a ese viejo verde pero, creo que todo lo que decía respecto al trabajo de mi amiga, era cierto.
–Vamos a tomar un té –le ofrezco.
–Prefiero algo más fuerte.
–Entonces, tequila.
Rachel asiente complacida y bajo de su cama, arrastrándola conmigo. No me gusta verla tan desmoralizada, ella es la alegre de las dos.
Empezamos la tarde tiradas en el salón, lamiendo sal, tragando chupitos de Gusano Rojo y mordiendo rodajas de limón. Yo espero a que Rach se abra, se desahogue, explote y diga todo lo que está pasando por su cabeza, pero ella solo bebe. Y me hace beber a mí. Mucho.
–No –gruño saturada, apartando el vaso del cuello de la botella–. No me lo llenes más, que luego debo ir a la radio.
–Así seguro que el programa es más divertido –musita alcoholizada y se empieza a reír.
–Lo que me faltaba, salir borracha en antena. Paris me mata.
–A polvos.
–¡Rachel! –la amonesto.
–Perdón, perdón –se disculpa entre risas–. Que ahora tienes novio.
La miro interrogante y expectante a que continúe esa coletilla.
–Solo a Amber se le ocurre echarse un novio que vive en la otra punta del país –comenta como si yo no estuviera tumbada a pocos centímetros de ella–. Aunque creo que es la única forma de que mi querida Amber tenga novio, teniéndolo lejos.
No voy a fingir que ese comentario no me duele, aunque lo diga la parte borracha de Rachel.
Mi amiga se llena otro vaso y lo bebe de un trago.
–Siento lástima por ella –continúa la conversación consigo misma–. Sigue enamorada de Brett y solo conseguirá hacerse daño y hacérselo a Tyler. No se lo merecen.
Me incorporo del sofá, dispuesta a no escuchar más, y Rach se gira hacia mí.
–¡Amber! –exclama llena de alegría, como si no me hubiera visto en días.
–Deberías dejar de beber ya.
–¿Por qué?
–Porque solo dices tonterías.
Cabreada marcho a mi habitación a prepararme para ir a la radio, y cuando mi amiga esté desintoxicada, me sentaré a hablar seriamente con ella sobre este tema. Quiero saber si sobria opina igual.
Al salir de nuevo, con el tiempo justo para irme, encuentro a Rachel dormida en el sofá con la botella de tequila casi vacía entre sus pechos. Se la quito, la cubro con una manta y le planto un beso en la frente a pesar del malestar que pueda tener con ella.
Salgo de casa dándole vueltas a la cabeza; pensando en Tyler y en mi situación con él; en por qué mi amiga piensa así o si en verdad lo hace.
La llovizna del exterior corta brevemente mis pensamientos y tras colocarme la capucha de la cazadora, echo a correr hacia la parada del autobús.
–¡Amber!
Detengo la carrera a pocos pasos del portal y me doy la vuelta para encontrar de frente la inesperada e imponente presencia de James Growdler. Todo mi cuerpo se tensa y mis nervios se crispan al ver que se acerca, cubierto por un largo y oscuro abrigo de lana cual mafioso del Hollywood de los sesenta. Solo le falta un sombrero de ala ancha.
–Señor Growdler, ¿qué hace aquí? –pregunto, retrocediendo un paso.
–Necesito hablar con Rachel, pero tiene el teléfono apagado.
–Ella no quiere saber nada de usted. Será mejor que se vaya.
–Por favor –suplica arrugando su bello y varonil rostro–, es muy importante.
–Se ha confundido con ella, ¿sabe? Rachel no se entrega a cambio de favores.
–¿De qué estás hablando? –pregunta confundido.
–Aléjese de mi amiga. No piensa acostarse con usted por todas las cosas que haya hecho por ella.
–¡¿Cómo?! –se alarma–. ¡No quiero acostarme con ella, por Dios! ¿Eso es lo que piensa? ¿Por eso salió corriendo?
–Yo también lo creo –espeto enfadada–. He visto como la mira y sé que oculta algo.
Growdler mesa su cabello carbón con nerviosismo y me observa con tanto sufrimiento en la mirada, que me entran ganas de consolarlo.
–Soy su padre –me dice y cierra los ojos para no presenciar mi reacción.
Doy otro paso atrás, confundida.
–Rachel es mi hija biológica –aclara necesitado.
Me llevo las manos a la boca para amortiguar un desgarrador quejido que me rompe por la mitad. Es una de las noticias más dolorosas que podían darme en estos momentos.
Los brazos del hombre me rodean e intento liberarme, sin éxito.
–Debes creerme –implora con pesar–. Es cierto.
Tantas cosas pasan por mi mente en este momento… Y en todas sale Rachel lamentando la ausencia de un padre.
–¿Por qué? ¿Por qué ahora? –sollozo contra su pecho.
–Déjame que te lo explique.
Me deshago de su abrazo y retiro las lágrimas que se escurren por mis mejillas, entremezcladas con las finas gotas de lluvia.
–Tengo que ir a trabajar.
La noticia es tan fuerte, que necesito recuperarme del shock. ¡Es el padre de Rachel! ¡Oh, Dios mío!
–Te llevo.
Indica un lujoso coche blanco, aparcado frente a mi portal, y aunque intento negarme y resistirme, su expresión refleja tanta desesperación que voy hacia allí.
Al sentarme sobre el elegante cuero, me estremezco de frío.
–Voy a mojarte el coche –musito sin poder mirarlo a la cara.
–No te preocupes.
El señor Growdler arranca el Audi y acciona la calefacción. No es que estemos en invierno, pero lo agradezco.
–Conocí a Lory hace muchos años –empieza a relatar, sin perder el tiempo–, trabajando de camarera en una estación de servicio de Montana donde me detuve de camino a casa.
Mi mente viaja hasta esa vieja estación de servicio e imagino de joven a la madre de Rachel.
–Sigue allí –le cuento, mirando por la ventanilla.
–Era una chica muy hermosa y llamó mi atención nada más entrar. También era muy simpática y carismática. Era una chica que dejaba huella.
Confirmo sus palabras con la cabeza. Lo sé muy bien.
–Fue un simple affaire, un encuentro íntimo entre dos desconocidos. Ella me gustaba y yo a ella; todo fue consentido y especial, aunque fuera un único encuentro. O puede que por eso lo recuerde así. Hace unos meses contactó conmigo.
Ese dato llama especialmente mi atención y le miro intrigada. Puede que sea porque ahora sé la relación, pero veo el perfil de mi amiga en el suyo.
–¿Te llamó? –me intereso.
–Para hablarme de Rachel. Jamás supe de su existencia, de lo contrario no se habría criado sin la figura de un padre.
–Créeme, figuras ha tenido demasiadas –confieso resentida.
Growdler me mira de soslayo, intuyendo por dónde voy.
–Como has dicho, Lory siempre fue muy atractiva y nunca le faltó compañía. Rachel vio pasar muchos hombres por su casa.
James se yergue en el asiento y estruja con fuerza el volante.
–Nunca me lo dijo –se lamenta–. Nunca me contó que había tenido una hija.
–Y, ¿por qué lo hace después de tantos años? No me puedo creer que supiese quién era su padre y nunca se lo dijera.
–Me dio todos los datos y la busqué enseguida. Quería conocerla, estar con ella, darle todo lo que no pude desde niña.
Cubro mi rostro con las manos y vuelvo a llorar de pena, de rabia, de impotencia. Solo yo sé lo que ha sufrido mi amiga durante toda su vida por tener una madre como Lory y no contar con una familia convencional.
–Amber –susurra James, compungido–, necesito que me ayudes. Necesito que Rachel sepa que soy su padre; quiero estar en su vida y que ella esté en la mía.
Mi mente sigue anclada en el pasado, en una joven Rachel a la que le encantaba cenar en casa y estar con mis padres, que la acogieron como a una hija más. Todo el pueblo conocía a Lory y su reputación.
–¡¿Por qué no se lo dijiste desde el principio?! –sollozo des-controlada–. ¿Por qué has jugado con ella?
–Al principio no creí a Lory, por eso quería conocerla antes. En cuanto la vi, supe que era mi hija, pero ya le había hecho creer que era un cliente y no tuve el valor para decir la verdad.
Cojo profundas bocanadas de aire, retirándome las lágrimas que brotan y brotan sin control, y sin dejar de pensar en todo lo que va a sufrir mi querida amiga; en la noticia tan fuerte que va a recibir y que tambaleará y derrumbará su mundo, y muy probable, a ella misma.
–Debes decírselo cuanto antes. Si se entera de que yo lo sabía antes que ella, jamás nos lo perdonará.
–No quiere hablar conmigo, vas a tener que ayudarme.
Asiento, voluntariosa, y al mirar por la ventanilla descubro el letrero de la doble K-ST. No me he enterado del viaje, ni sé cómo Growdler sabía dónde trabajo.
–Ella te adora, Amber –musita con algo de envidia en la mi-rada–. Solo tú puedes conseguir que me escuche.
Antes de bajar del coche le aseguro que esta noche, cuando regrese a casa, hablaré con ella, y Growdler me lo agradece con los ojos vidriosos. Después intercambiamos los teléfonos.
–¿Lory siempre tuvo tu número? ¿Siempre conoció dónde vivías?
–No –responde y una brizna de alivio me embarga. Lory siempre me cayó bien, a pesar de todo, pero jamás le perdonaría que, por egoísmo o maldad, nunca le contara nada a Rachel. –Según ella, me estuvo buscando durante algunos meses hasta dar conmigo.
Le agradezco que me haya respondido y bajo del coche.
–Amber, por favor, llámame cuando hables con ella.
–Lo haré.
Cierro la puerta y camino bajo el aguacero hasta el edificio de la KK-ST. Estoy agotada mentalmente y siento como si la conversación que acabo de mantener fuera irreal; un producto de mi enrevesado subconsciente. ¿James Growdler es el padre de Rachel? Dios mío, ni en un millón de años lo hubiese creído.
Me dirijo a mi puesto de trabajo sumergida en mis pensamientos y sin ser consciente de la gente con la que me cruzo. De hecho, no veo ni el camino que tengo por delante. Solo dispongo de capacidad mental para imaginar el momento en que mi amiga descubra la verdad y cómo esa bomba nuclear arrasará su vida. ¡Growdler es su padre! Y yo pensando que tenía una doble intención amorosa o sexual.
–¡Amber! –exclaman, tirando mi brazo.
Reacciono, saliendo de mi aturdimiento, y me giro hacia… Selena.
–Te estoy llamando y no me escuchas.
–Lo siento, tengo la cabeza en otras cosas.
–¿Va todo bien?
–Sí, asuntos personales –contesto sin dar detalles.
–Tengo entradas para el concierto de Secondhand Serenade de mañana, ¿te apuntas?
–Mejor otra semana.
Le doy la espalda y continúo hasta la cabina cinco.
Hoy, en la reunión previa al programa, solo estoy de cuerpo presente. Mi mente está con Rachel y en cómo abordar la situación para que hable con James. Después de todo lo que le dicho sobre él, se va a enfadar y mosquear. Algo lógico por otra parte. También será recomendable que esté presente cuando su padre se identifique como tal. No tengo cabeza para nada más, este tema me tiene completamente absorbida.
Morgan me golpea varias veces con el codo para que reaccione, pero solo soy consciente durante unos breves segundos para luego encerrarme en mi mente una vez más. Ni siquiera el mensaje de Tyler: »Suerte hoy en el programa, nena. Ya sabes que en el parque estaremos escuchándote«, consigue animarme o hacer que piense en otra cosa.
Y así de mal comienza el programa; ni me percato de cuando estoy en el aire.
Poco a poco consigo apartar mis preocupaciones y centrarme en las llamadas. No hago nada pensando constantemente en Rachel. Ya llegaré a casa.
–Hola, estás en antena con Amber –saludo a la nueva llamada–. ¿Cómo te llamas?
–Buenas noches, Amber. Soy Angela, pero puedes llamarme Angel.
–Hola, Angel. Cuéntame, ¿en qué puedo ayudarte?
–Verás, en realidad la ayuda sería para mi hermano, pero él nunca llamará –dice divertida.
La sonrisa aflora en mis labios y lo comprendo bien. El ochenta por ciento de las llamadas son de mujeres.
–El caso es… –continúa la radioyente–. Mi hermano conoció a una chica hace varios meses y, bueno, la cosa no terminó muy bien. Ella no fue del todo sincera con mi hermano, pero sé que estaba enamorada de él, igual que mi hermano de ella. Pero Brett es muy terco y aunque se muera por llamarla, no lo hará.
He dejado de respirar al escuchar el nombre del hermano y los latidos acelerados de mi corazón me estallan en los oídos.
–¿Estás ahí, Amber?
–Sí –exclamo nerviosa–. ¿Desde dónde llamas, Angel?
Nunca he rezado, pero en estos momentos me consagro a to-dos los santos para que solo sea una mera coincidencia. No puede estar refiriéndose a mí. Sé que Brett tenía hermanas, pero no recuerdo sus nombres.
–Desde Boston –responde y la suave voz es como un sonoro trueno en mis tímpanos.
Me arqueo en la silla y hago señas a Morgan para que corte la llamada. A la tercera, comprende lo que quiero decir y confundido, lo hace.
–¿Angel? –pregunto, temerosa a que siga en línea–. ¿Angel, estás ahí? Creo que tenemos problemas en la centralita. De a-cuerdo, no pasa nada, espero que estés escuchando Angel y tu hermano también. Mi consejo es que… olvide a esa chica. Volvemos en unos minutos, no se vayan.
Morgan mete la publicidad antes de tiempo y me mira preocupado.
–No preguntes –le advierto.
“Brett es muy terco y aunque se muera por llamarla, no lo hará”.
Encogiéndome en la silla, me llevo las manos a la cabeza para quitarme los cascos. Creo que me va a explotar de un momento a otro.
–Amber, la chica está llamando otra vez –me avisa Morgan por el intercomunicador.
Me incorporo y le miro dudosa. Primero a él y después al teléfono que tengo en la cabina.
–Pásala aquí.
–Tienes dos minutos.
Cojo aire mientras observo las luces apagadas del dispositivo blanco. Cuando una se enciende, cojo el auricular y pulso el botón que hay bajo ese pequeño led rojo.
–No llames más, por favor –contesto directamente.
–Sabía que me habías cortado tú.
–No hay nada que hablar respecto a ese tema.
Cuando quiero ser borde, lo soy y mucho.
–Amber, si te llamo es porque no me queda más remedio. Brett no ha vuelto a ser el mismo desde que lo dejasteis.
–Él lo decidió así. Dijo que no quería verme más.
–Estaba enfadado porque lo engañaste.
–¡Fui yo la engañada! –alzo la voz, molesta, sin importar si Morgan escucha o no–. ¡Y quise explicárselo, pero no me lo permitió!
–Te vi en el hospital, ¿sabes? Yo era la chica contra la que casi chocas y vi lo mal que estabas.
Ese dato me deja muda y pensativa.
–Brett dejó su trabajo –me cuenta–, dejó de salir con sus amigos, apenas ve a la familia… Y sé que te echa de menos. Él te escucha todas las noches, ¿cómo crees que descubrí tu programa? Le pillé escuchándolo a escondidas en el despacho de mi padre.
Me llevo una mano a la garganta e intento tragar.
–Amber, llámalo. Brett se muere por escucharte, por verte.
–Tengo que dejarte.
Cuelgo y me recuesto en la silla, tan hundida como el Titanic.
–Treinta segundos para el último bloque – me dice el técnico de sonido.
Me recompongo haciendo un gran esfuerzo, colocándome de nuevo los cascos, y me posiciono frente al micrófono. Estoy deseando acabar. Suerte que hoy no está Paris para presenciar el desastroso programa.

Llego a casa peor de lo que había salido. Los comentarios de una ebria Rachel sobre mi relación con Tyler han quedado relegados por dos noticias que han llegado como sendos jarros de agua fría: Growdler, el nuevo padre; y Brett, mi radioyente enamorado. Es pensar en él, en el tiempo que estuvimos juntos, y las mariposas renacen en mi estómago. Aunque nunca murieron, solo las hice dormir profundamente.
Cierro la puerta y me apoyo contra ella, exhausta y derrotada. Me pesa el cuerpo y dudo en si llegaré hasta la cama.
Un leve quejido en plena oscuridad me asusta y enciendo las luces del salón. Encuentro a mi amiga hecha una bola en el sofá donde la dejé, llorando.
–¿Rachel?
Corro hasta ella, tirando el bolso y la cazadora al suelo por el camino, y me arrodillo a su lado.
–¿Qué te ocurre?
Ella me mira con los ojos rojos y el rostro empapado en lágrimas, y al moverse, saca el teléfono inalámbrico de debajo de la manta. Mi único pensamiento vuela a Growdler y su importante noticia.
–Ha llamado tu madre –lloriquea.
La sangre se me cae a los pies y pienso en lo peor.
–¿Qué… Qué ha pasado? –balbuceo, aterrada por su irrefrenable llanto.
–Lory se está muriendo.
Congelada en el sitio. Así me quedo. Sin poder hablar ni moverme y con Rachel llorando sin control. No sé el tiempo que pasamos así, pero estoy convencida de que es mucho.

muchasgracias

 

Hola, queridas lectoras!!!

Santa paciencia que tenéis conmigo jiji Os anuncio que En antena con Amber volverá a ver la luz en breve.

Besoteeessss y gracias por la fidelidad!!!

  

Noelia Amarillo

Noelia Amarillo

elpoderdelalectura

¿Y tú, sabes cuál es el poder de la lectura?

Letras, Libros y Lecturas con Arthe

Lo que leo, lo que escribo y lo que siento cuando hago ambas cosas

EN ANTENA CON AMBER

Novela Romántica.

WordPress.com en Español

Blog de Noticias de la Comunidad WordPress.com