Novela Romántica.

En antena con Amber. Cap 1

CAPÍTULO 1

 

Mis jadeos son cada vez más seguidos…

Mi piel está perlada en sudor…

Mis mofletes están rojos y mis labios secos…

Mis pulsaciones suben a cada segundo…

Mi cuerpo emite calor por cada poro de piel…

Y Leona Lewis me dice al oído, que todo mejorará con el tiempo… que no hay nada que el tiempo no cure.

Mantengo la vista clavada al frente y no pienso en nada. Tan solo observo la pequeña pantalla donde emiten las noticias, mientras tarareo la canción y mis zapatillas pisan con fuerza la cinta de correr.

Cojo la botella de Aquarius del porta-bebidas y le doy un necesitado sorbo. Después cojo la toalla y me seco las gotas de sudor que afloran en mi frente, sin dejar de ejercitar.

Llevo casi tres meses viniendo al gimnasio, los mismos que estoy sin relaciones íntimas, por decirlo finamente, y necesito descargar toda esa energía “pélvica” que se acumula en mi interior.

Cuando noto que ha desaparecido y que estoy más relajada, pulso los mandos de la máquina para que descienda de velocidad, hasta terminar andando tranquilamente conforme inspiro y espiro de manera regular. Vuelvo a coger la toalla y me seco cara, cuello, brazos y parte de abdomen, que deja a la vista este escueto top deportivo rojo.

Un chico surge al lado de mi cinta de correr y me sonríe. Es el típico chulo de gimnasio: guapo, cachas y que viene al gym a ligar en vez de a ejercitarse. Comienza a hablarme y me quito los auriculares de las orejas.

-¿Perdón?- le digo.

-Te decía que vaya paliza te has dado. Dos horas corriendo no las hace todo el mundo.

¿Dos horas?

Miro la pantalla de la cinta y efectivamente, llevo dos horas corriendo. ¿Cómo es posible que no me haya dado ni cuenta? O lo que es más importante, ¿cómo sabe él que llevo dos horas?

-No me había enterado.- murmuro.

Detengo la máquina y recojo mis cosas.

-¿Puedo invitarte a un batido proteínico?

Sonrío falsamente al chulo-gym, que se apoya en la máquina para mostrar sus trabajados bíceps, y bajo de la cinta.

-Lo siento, pero conmigo pierdes el tiempo.

Me echo la toalla al cuello y, dando pequeños sorbitos a mi bebida, me voy al vestuario.

 

Entro en casa y cierro la puerta.

-¡Ya estoy aquí!- aviso.

Cuelgo el abrigo y la bufanda en la percha del recibidor, y cruzo el salón hacia mi cuarto. Dejo la mochila del gimnasio sobre la cama y continúo el camino, hasta el taller de Rachel.

No le gusta mucho que la molesten cuando está dentro, dice que pierde su conexión artística. ¿No es tierno ver lo loca que está?

Golpeo dos veces en la puerta de la tercera habitación y abro. Lo primero que recibo es el olor a arcilla y pintura.

-Hola, nena, ya he llegado.- saludo.

Rachel está sentada en un taburete de madera frente a su mesa de trabajo, con una bata que en su día fue blanca y ahora luce todos los colores del arco iris, un largo pincel sujetando el moño de su cabeza, otro pincel cruzado entre los dientes y un tercero en la mano, que desliza lentamente por una bella figura de barro.

-Hum.- gruñe sin mirarme.

Sonrío y me acerco. Me encanta verla en acción.

Rachel siempre ha tenido un don especial para el arte y aunque ahora esté más centrada en trabajar la arcilla, desde muy pequeña ha dibujado magníficamente bien. Es una lástima que no pudiera hacer carrera.

La figura que está pintando son de un hombre y una mujer que no se miran, que cada uno proyecta su cuerpo en una dirección distinta, pero que están agarrados de la mano. Ambos pintados en tonos grises, salvo las manos enlazadas y parte de los brazos, a los que sí está dando color. Como si el tocarse les diera vida.

-Es preciosa.- admiro su trabajo.

Rach se quita el pincel de la boca y me mira.

-¿Sí? ¿Te gusta? La he titulado: El renacer de los amantes.

-Me encanta.

-Espero que a Growdler también le guste. Mañana viene a ver todo.

Observo la habitación que usa como taller: las obras que hay repartidas por todos lados incluso en el suelo, los dibujos colgados de la pared que usa como bocetos, el horno donde cuece la arcilla, el amplio armario lleno de materiales…

-Seguro que le gustan.

James Growdler es el cliente que contactó con ella cuando vino a verme a Bos… a aquél lugar que prefiero no recordar. Lo he visto en un par de ocasiones y la verdad, me pone un poco la carne de gallina. Es un hombre maduro, yo calculo que rondará los 50, tiene un pelo negro azabache y una perilla a juego, viste muy elegante, es educado, culto… y tiene unos bellísimos ojos verdes. Creía que los más bonitos que había visto eran los de mi amiga, pero los de este hombre, casi casi la superan.

Lo que me pone la carne de gallina, respecto a su comportamiento, es la forma en que mira a Rachel. He visto un brillo especial en sus ojos.

Mi amiga se gira hacia mí en su taburete.

-Estoy nerviosa, me ha dicho que le gustaría ser mi mecenas y proveerme de todo lo que necesite.

-¿En serio?- alucino.- ¿Y tú que le has contestado?

-Pues que es una responsabilidad muy grande para él, que no tiene porqué hacerla.

Asiento conforme. Desde hace un tiempo ya no me fío de las ofertas, por muy bonitas que te las pinten.

-Pero ha insistido.- añade.- Me ha dicho que quiere ayudarme en todo lo que pueda. Entonces le he contestado que me lo pensaré.

No he hablado con ella sobre mis pensamientos, pero creo que igual ya va siendo hora.

-¡Aiiiisss!- suspira agobiada.- La verdad es que me vendría muy bien. Dejaría de pedirte dinero y parece un hombre que entiende de arte. Creo que sería de ayuda.

-Sabes que te doy el dinero encantada.- le digo.

-Lo sé, pero yo no lo acepto así. Soy un lastre, prácticamente pagas tú el alquiler del piso y yo… Voy a decirle que sí.

Mi piel se eriza.

-¿Estás segura? ¿Y si no es de fiar?

Rachel pone los ojos en blanco y vuelve a trabajar en su obra.

-Sé que te hicieron daño, cariño, pero créeme cuando te digo que hay gente sin dobleces, sin dos caras. Sé que Growdler es un buen hombre y sé que es de fiar.

Resoplo, conteniendo los mil argumentos que podría darle para que no se fiara tanto. Pero está decidida y yo, como buena amiga, debo apoyarla… y vigilar al señor Growdler.

Me inclino y le doy un beso en la cabeza.

-Voy a hacer la cena, no tardes.

-Vale.

Encamino mis pasos hacia la salida de la habitación/taller, pero me detengo de golpe, al ver algo que remueve mi interior cual centrifugado de una lavadora. Es el calendario de los bomberos de Boston, Rachel lo tiene colgado tras la puerta. Apenas faltan unos días para cambiar de hoja… y la siguiente es la de Tyler.

 

Sentada a los pies de mi cama, termino de anudarme los cordones de las Converse rojas; me incorporo, alzo el rostro al techo y suspiro. Después miro por encima del hombro a la mesilla izquierda y veo el osito bombero de peluche.

-Vamos, Amber, espabila de una vez.- me insuflo ánimos.

Me doy unos leves tortazos y termino de arreglarme.

Tres meses desde que regresé de Boston. Tres meses desde que mi corazón se rompió y todavía no ha sanado. Tres meses en los que mi vida ha dado un cambio radical. Tres meses sin citas. Tres meses sin sexo. Tres meses sin Brett.

Martha y Jeremy son lo mejor que me he llevado de allí. Con ella hablo cada dos semanas más o menos, y nos contamos cosas. Hablamos de todo, menos de lo que pasó en Boston. Tampoco mencionamos a Tyler. Solo sé que está bien y con eso me conformo. Me apena mucho como terminaron las cosas, pero… tuvo que ser así.

Con Rachel también habla a menudo porque, desde que recibió las macetas que luce orgullosa en su bello porche floral, las vecinas no hacen más que preguntarla dónde las ha comprado. Martha promociona a mi amiga, y a mi amiga le crecen los pedidos.

Salgo del cuarto, tras recoger mi bolso negro tamaño Mary Poppins, y entro al baño. Analizo profundamente la imagen que me devuelve el espejo del lavabo, mientras escucho a mi amiga canturrear Womanizer de fondo. Esa canción de Britney Spears que nos da fuerzas desde hace un tiempo y se ha convertido en nuestro grito de guerra contra los hombres. Desde que mi querida Rach descubrió a Bruce con otra y entró en el club de los corazones rotos. ¡Menudo gilipollas! Aunque yo agradezco haber cortado toda relación con nuestros vecinos del primero.

Cepillo varias veces mi larga melena castaña y me hago una coleta. Tengo el pelo larguísimo y debería cortármelo. ¿No dicen que las mujeres cambiamos de look cuando sufrimos una ruptura sentimental? ¡Me estoy cargando las estadísticas!

Me lavo los dientes y cuando dejo el cepillo de nuevo en su sitio, observo mi preciado gloss rosa chillón, abandonado en un rincón del lavabo entre el resto de cosméticos. Lo cojo y lo observo.

-Hace tiempo que no te uso, ¿verdad?- musito.

Suspiro sonriente al darme cuenta que le estoy hablando a un pintalabios y vuelvo a mirarme en el espejo. Me encojo de hombros, desenrosco el tapón y tras extraer el largo pincel y escurrir parte del producto en el cuello del estrecho tubo, lo deslizo por mis labios en una suave y lenta pasada. Solo una, sin remarcar mucho el color. Tras dejarlo en su sitio, salgo y voy a la cocina.

Apoyada en el marco de la puerta, observo a Rachel recoger y limpiar después de nuestra cena.

-Ya me voy, nena.- le aviso.

Rachel se gira con un plato seco en las manos y se echa su melena morena a la espalda. ¡Otra que se está cargando las estadísticas!

-Cualquiera que te vea pensará que vas a jugar con los Mariners, en vez de ir a la radio.

Estallo en carcajadas y me abrazo a mi misma, envuelta en la amplia sudadera azul oscura, de grandes letras blancas “Seattle Mariners” en el centro, equipo de béisbol de la ciudad.

-Es cómoda y abriga.- me escudo.

-Te tapas.- murmura, dejando el plato en el armario.- De hecho, lo llevas haciendo desde que regresaste. Como si quisieras que ningún tío te mirara.

Frunzo el ceño y bajo la vista a mis vaqueros y la sudadera, que me cuelga cubriendo el culo.

Mi querida amiga se acerca y me agarra del mentón para que levante el rostro y la mire.

-Dejemos el luto de lado.- musita.- Somos jóvenes y no podemos pasarnos los días lamentándonos por el pasado.

Asiento, pero continúo con el entrecejo arrugado.

-Mírate.- sonríe ampliamente.- Si hasta te has pintado los labios.

Sonrío sin poder evitarlo y niego con la cabeza.

-Solo un poco.

-Paso a paso.- dice ella.- Al menos has dejado de maquillarte con un par de pellizcos en los mofletes.

Vuelvo a reír y Rachel se une a mí.

-Me voy, que sino llegaré tarde.

Le doy un beso en la mejilla y marcho hacia la salida.

-¡Amber!- me llama y viene detrás.

-¿Dime?- me vuelvo, agarrada a la puerta.

Llega hasta mí dando saltitos como una colegiala.

-¿Por qué no salimos esta noche?

Arqueo las cejas sorprendida.

-Cuando vuelvas de la radio, claro.- añade.- Tengo ganas. Hace mucho que no lo hacemos y llevo tantas semanas estresada, que ahora mismo es lo que necesito.

Contraigo el morro y me apoyo contra la puerta.

-No sé.- musito.- No tengo ganas, la verdad.

-Por fa.- suplica y pone morritos.

-Cuando llegue, lo que menos me apetecerá será vestirme para salir.

-Por fi.- insiste, juntando las manos y enterneciendo el gesto.

Resoplo y sonrío.

-Está bien.- acepto.

Rachel grita y salta de alegría.

-Pero solo una copa rápida.- adjudico, señalándola con el dedo.

-Te prepararé la ropa para cuando llegues.

-Miedo me da.

Salgo de casa y de camino al ascensor, escucho el grito de celebración de la loca de mi amiga. No puedo evitar sonreír.

El ascensor se detiene en el primer piso y al otro lado de las puertas aparecen Austin con una chica rubia pegada a él.

¡Vaya por Dios!

Me hago a un lado de la pequeña cabina y ellos entran.

-Hola.- saluda mi vecino.

-Hola.- respondo por cortesía, pero ni siquiera lo miro.

Cuando llegué de Boston y le pedí disculpas, intenté crear un vínculo de amistad con él. Solo amistad. Más que nada porque mi amiga salía con su amigo y tarde o temprano tendríamos que vernos. Cuando pasó lo que pasó entre Rach y el mamón de Bruce, se acabó todo. Ambos entendimos que ya no había motivo para relacionarnos.

Doy un paso al frente y pulso el botón de cerrar las puertas, antes de que me dé por salir y bajar el último piso a pie.

La parejita sigue abrazada y a ella parece que no le da ningún reparo que haya alguien más en el ascensor, para meterle mano. Todavía recuerdo cuando era él quien se cernía así sobre mí, con su pelo rubio ceniza y su barba de semana y media.

-Para un poco.- le reprende Austin en un murmullo.

El ascensor vuelve a detenerse y salgo rauda de allí, cuando las puertas apenas se han abierto. De hecho, lo hago de canto.

-Adiós, Amber.

Hago oídos sordos y sigo mi camino hacia la calle.

 

La línea 41 me deja a una manzana del trabajo y nada más bajar el par de escalones del autobús, me cubro la cabeza con la capucha de la sudadera, abrazo el bolso y corro en su dirección, debido al fino aguacero que ha empezado a caer. A Seattle se le conoce como “La ciudad de la lluvia”, que dicho sea de paso, no es precisamente de las más lluviosas.

Cuando doblo la esquina y veo el edificio de la doble K-ST, me detengo y lo observo. Todavía me cuesta creer que trabaje ahí, en un programa semanal de bastante éxito.

El primer día que me detuve aquí, mis piernas temblaban como si estuvieran bailando salsa. Hice lo mismo que hago en este momento: contemplar el bloque de cuatro plantas en ladrillo caravista, la enorme antena de telecomunicaciones que hay en la azotea y el generoso letrero rojo luminoso “KK-ST”, que por las noches se ilumina intensamente. También ojeé los grandes letreros publicitarios de los programas: informativos, deportivos, culturales, etcétera etcétera… Y el de “Marthina te aconseja”, coronando la fachada de la programación.

Venía a reunirme con el productor de dicho programa, Paris Doyl, ante esa locura de propuesta para participar en el programa de radio. Y nerviosa, me acerqué.

No era la mejor época para pasar por una entrevista, una prueba o lo que fuera que tendría que pasar. Hacía una semana que Brett me había dicho: “no quiero volver a verte”, y mi estado de ánimo, junto con mi autoestima, estaba por los suelos.

Solo pensar sus palabras, allí tumbado en la camilla, herido y semiinconsciente… Volvían a destrozarme el corazón y el alma. Hoy en día me siguen doliendo, más de lo que me gustaría.

El edificio constaba con una pequeña zona de aparcamiento en la delantera, imaginaba que para empleados. Ahora sé que es así. Lo recorrí nerviosa y con la respiración tan agitada como el corazón; mirando el bloque de cuatro plantas que cada vez se iba haciendo más y más grande, según me acercaba. El sol del atardecer le daba un toque anaranjado fuego y me dio la sensación que me dirigía al mismísimo infierno. Y justo cuando ese pensamiento rondaba mi alocada cabeza, una moto pasó por mi lado a toda velocidad, rugiendo como si el mismo satanás me gruñiera al oído, lo que provocó que gritara asustada y me apartara hacia la derecha, empotrándome contra la parte trasera de un Prius gris.

Todavía me duele la cadera, no digo más.

-¡Gilipollas!- le grité dolorida.

El tipejo detuvo su… ¿qué moto era esa? ¿Una Harley? Es la única marca que sé. La aparcó en la esquina del edificio, pasó la pierna por encima para bajarse, se soltó la chupa negra y se quitó el casco a juego, para mover la cabeza veloz y agitar su pelo negro, tan largo que casi le llegaba a los hombros.

Seguía apoyada en el Prius, frotándome la cadera, cuando vi que el tipejo… ¿qué años tendría? pasaba los 35, fijo; se dirigía a la entrada de la radio. Antes de acceder, se giró hacia mí y levantó la mano en señal de disculpa. ¿Mi respuesta? Mostrarle el dedo corazón. Y bien alto para que lo viera.

Cuando desapareció en el interior, retomé mi camino. Llegué a la entrada, crucé las puertas de cristal y acero, y atravesé unas segundas que se abrían automáticas. Lo primero que me sorprendió fue tener que pasar por un arco, detector de armas, custodiado por dos hombres de seguridad. Pasé un poco acojonada, para qué mentir, aunque no lleve armas, ¡que por supuesto es así!, pero siempre me da por pensar que estos cacharros van a pitar a mi paso. Como cuando voy al súper y temo que esos paneles piten, al detectar algún código todavía imantado.

Los hombres de seguridad me saludaron con un leve movimiento de cabeza y continué andando hacia el amplio mostrador de recepción, atendido por dos chicas, la verdad, bastante monas. Vestían muy casual, muy de calle, muy de… cojo lo primero que vea al abrir el armario y punto. Vamos, que trabajan en la recepción de una empresa de telecomunicaciones, como podrían hacerlo tras el mostrador de una tienda. Pero son monas.

-Buenas tardes.- las saludé.- Vengo a reunirme con el señor Doyl.

La rubia de pelo rizado se apoyó en el mostrador y tras mascar un par de veces su chicle, me sonrió.

-¿Cómo te llamas?

-Amber.- contesté y miré de refilón a la pelirroja, que no hacía más que ordenar papeles.- Amber Phoenix.

-Un momento.- dijo la rubia.

Se sentó en su silla alta y tecleó en el ordenador mientras mascaba chicle y hacía globos.

¡Madre mía!

-Ajam.- murmuró la chica.- Aquí me sales, Amber. Puedes subir, planta 3.

-Gracias.

-Ascensores, por allí.- dijo señalando a la izquierda.

Asentí, según me apartaba del mostrador.

La recepción no era muy grande y el hecho de ser tan oscura, la hacía más pequeña. Apenas había unas plantas, seguramente de plástico, repartidas por las esquinas; una escalera de cristal, luminosa, que ascendía a los pisos superiores como si subieras al mismísimo cielo estelar; y varios discos de oro y platino colgados en las paredes. Eso fue lo que más me impactó, algunos eran de grandes grupos musicales… ¡y estaban firmados!

Cuando llegué al par de ascensores, pulsé el botón y accedí a uno de ellos. Me agarré al pasamos del interior, pensando que si lo soltaba, seguramente saldría corriendo de esta locura.

Una puerta se abrió frente a los ascensores y surgió el tipo de la moto, subiéndose la cremallera del pantalón y casi haciendo malabares con el casco.

-¡Espera, sujeta la puerta!- me gritó.

Sonreí, di un paso al frente y pulsé el botón de… cerrar. El chico corrió, pero solo llegó a tiempo de verme sonreír y decirle adiós con los dedos de una mano. Para el corte de mangas ya no tuvo tiempo.

Reí vengativa, me di la vuelta y comprobé mi imagen en la pared espejada: vaqueros, camiseta lila de Banana Republic, chaqueta roja de piel sintética y el pelo suelto. Pasable.

Cuando el ascensor se detuvo y salí, abrí los ojos como platos al ver el ajetreo de personas que había allí. Iban de un lado a otro, entraban y salían de salas, corrían por los pasillos sorteando al resto de personas, algunos cargados de papeles… Era como un mundo alocado y estresante.

-¡Oh, sí!

Miré a mi derecha, hacia el gemido que había escuchado, y vi a un grupo de chicas, algunas sentadas en sillas de plástico, pero todas mirando un papel.

-¡Sí!- seguía gimiendo la más cercana a mí mientras movía su pelo castaño con la mano libre.- Cómo me gusta este champú. Qué fresco y relajante…

-¡A ver!- gritó una mujer acercándose a ellas.- ¡Las chicas para el casting, que vengan conmigo!

Todas corrieron hacia ella como si quién llegara primero, se llevaba el trabajo. La mujer les indicó el pasillo que debían seguir y después me vio.

-¿Vienes al casting?- me preguntó.

-No, yo…

La mujer se dio la vuelta y siguió al jolgorio de chicas.

-Gracias.- murmuré alucinada.

Di un paso al frente y me detuve en el acto, cuando un carro bajo metálico se cruzó en mi camino.

-Cuidado, preciosa, que te pillo.

El chico pasó de largo con el correo, no sin antes ojearme de arriba abajo.

Exhalé con fuerza, me coloqué bien el bolso al hombro y me encaminé decidida hacia el par de chicos que tenía frente a mí, hablando junto a las máquinas expendedoras y bebiendo algo.

-Disculpad.- dije y sonreí falsamente.- ¿Alguno puede decirme como encontrar a Paris Doyl?

-Ahí lo tienes.- indicó uno de ellos con la cabeza.

Me di la vuelta y vi al tipejo de la moto saliendo del segundo ascensor. ¡No puede ser! ¿Él? Al verme, frunció el ceño y vino hacia mí.

-Gracias por retener el ascensor.- dijo nada más detenerse a mi lado.- Has sido muy amable.

-¿Paris Doyl?- pregunté, haciendo caso omiso a su sarcasmo.

El tipejo se irguió arqueando las cejas, quizá sorprendido de que le conociera. Tenía un atractivo… salvaje, sí, esa es la definición exacta. Un mentón duro, con su barbita de varios días, unos ojos grises peligrosos enmarcados por unas afiladas cejas negras, como las alas de un águila real, y unos labios gruesos muy atrayentes, pero que seguro ocultaban las fauces de una bestia. Si a todo eso le sumabas la melena morena despeinada, dabas con el tipo de chico malote que a tantas y tantas chicas gustaba. Quizá en otra época…

-Soy Amber Phoenix.- le dije.- La chica con la que has quedado y casi atropellas en el parking.

El frescor del agua me espabila y tras agitar la cabeza para volver al presente, corro hacia las puertas de la doble K-ST.

 

Leona Lewis – Better in time. https://www.youtube.com/watch?v=HmEI-X9CD5Y

 

Britney Spears – Womanizer. https://www.youtube.com/watch?v=IkaEsRAs_mM

Anuncios

Comentarios en: "En antena con Amber. Cap 1" (4)

  1. Adicta a la lectura dijo:

    Jajaja me encanta el destino y su mano graciosa que hace que la vida tenga momentos divertidos aunque para quien los sufre no :-D… A por el siguiente capi… 😉

  2. Casi lloro al ver cómo acabo el primer libro… y mas de una mentada de madre le hice, gracias por seguir con esto!

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Bloguionistas

La voz de los guionistas en castellano

Noelia Amarillo

Noelia Amarillo

elpoderdelalectura

¿Y tú, sabes cuál es el poder de la lectura?

Letras, Libros y Lecturas con Arthe

Lo que leo, lo que escribo y lo que siento cuando hago ambas cosas

EN ANTENA CON AMBER

Novela Romántica.

WordPress.com en Español

Blog de Noticias de la Comunidad WordPress.com

A %d blogueros les gusta esto: