Novela Romántica.

Nueva Novela

Buenas noches, blogfamily!!!!!

Sé que estáis esperando nuevo capítulo de Amber y creedme cuando os digo, que yo también. Debido a mi trabajo, a mi falta de inspiración y a la siguiente noticia que os voy a dar, no ha podido ser, pero espero que de ahora mismo en adelante, mis musas vuelvan a la carga y me ayuden a continuar con la historia de nuestra querida y adorada Amber.

Hace pocos días salió a la venta la reedición de una de mis novelas, gracias a la editorial LXL!!!

Escribí EL PACTO DE LA SIRENA hará un par de años y, sin menospreciar al resto, es una de mis novelas favoritas. Hoy, quiero compartir con todos vosotros mi felicidad porque las y los lectores del mundo puedan disfrutar de esta bella historia de amor, otra vez. Espero que os guste tanto como mis otras novelas. Gracias!!!!

El pacto de la Sirena, a la venta en plataforma Amazon

el pacto de la sirena portada

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SUEÑO DE VERANO

Pequeño relato, para pasar el rato. Que lo disfrutéis!!! 😉

SUEÑO DE VERANO.

Observo, casi hipnotizado, el girar de las aspas del ventilador. Su función apenas se cumple y retiro, por sexta vez consecutiva, el sudor de mi frente.

Observo la playa de aguas turquesas que hay a mi derecha y a la tía buena de escueto biquini que camina por ella, sonriente y muy seductora. No puedo evitarlo; yo también sonrío. Y babeo. Siempre me pasa; cada vez que miro ese póster de Pirelli.

Después gruño y me cabreo cuando regreso a la realidad de la oficina, donde la única tía que hay en la planta es la secretaria del jefe y queda muy, muy lejos, de la modelo del póster.

Las aspas del ventilador siguen girando, los teclados siguen sonando y los teléfonos incordiando. Ignoro la luz roja que parpadea en el mío y continúo mirando a Vanesa.

Es una polvorilla que corre por los pasillos subida a unos mini tacones. Me hace gracia porque no quiere impresionar, al menos con su físico, y cargada de carpetas cruza el pasillo central, de norte a sur, sin apenas posar su diminuto trasero en la silla. No le gusta llamar la atención y mucho menos ser el centro. Está aquí por su valía; eso no lo duda nadie. Y el jefe es demasiado viejo como para que ella caiga rendida a sus pies. No, ella no.

Mis ojos pasan de Vanesa a la modelo de Pirelli, y ya no sonrío. Ni babeo. Es una verdadera lástima que para que te miren y admiren debas ir casi en pelotas y estar muy follable. ¿Acaso esa modelo, de la cual no sé ni el nombre, vale más que Vanesa? Definitivamente no. Incluso puede que valga menos.

Vanesa se acerca a mi mesa y frunce la boca cuando me pilla mirando el póster de mi compañero de cubículo.

-Límpiate las babas, anda.

La miro de arriba abajo con detenimiento, traspasando su fina blusa color ocre y su faldita blanca de tubo.

-Es sudor. Estoy caliente.

Sus mejillas se tornan rojizas al captar la indirecta.

-Mañana a estas horas te encontraras en la playa.

-Y además acompañado por una tía más buena que la del póster.

Vanesa agita la cabeza, deja una carpeta en mi mesa y camina acelerada hasta la suya. Tras tomar asiento, rebusca entre los cajones y, sabedora de que sigo mirándola, me enseña un escueto biquini amarillo y verde, exactamente igual al de la modelo del póster. Sonrío perverso ante lo pícara que puede llegar a ser y sé que, tras mi estancia en el Caribe con ella, su póster presidirá mi mesa.

con cariño… Olivier Moon

romance-extremo

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TODOS EN LÍNEA Y EN ANTENA CON AMBER!!!!!! 😘😘En el aire con Amber

Entrevista en el blog Letras, Libros y Lecturas con Arthe. Échale un ojo!!!!

En antena con Amber. Cap 1

CAPÍTULO 1

 

Mis jadeos son cada vez más seguidos…

Mi piel está perlada en sudor…

Mis mofletes están rojos y mis labios secos…

Mis pulsaciones suben a cada segundo…

Mi cuerpo emite calor por cada poro de piel…

Y Leona Lewis me dice al oído, que todo mejorará con el tiempo… que no hay nada que el tiempo no cure.

Mantengo la vista clavada al frente y no pienso en nada. Tan solo observo la pequeña pantalla donde emiten las noticias, mientras tarareo la canción y mis zapatillas pisan con fuerza la cinta de correr.

Cojo la botella de Aquarius del porta-bebidas y le doy un necesitado sorbo. Después cojo la toalla y me seco las gotas de sudor que afloran en mi frente, sin dejar de ejercitar.

Llevo casi tres meses viniendo al gimnasio, los mismos que estoy sin relaciones íntimas, por decirlo finamente, y necesito descargar toda esa energía “pélvica” que se acumula en mi interior.

Cuando noto que ha desaparecido y que estoy más relajada, pulso los mandos de la máquina para que descienda de velocidad, hasta terminar andando tranquilamente conforme inspiro y espiro de manera regular. Vuelvo a coger la toalla y me seco cara, cuello, brazos y parte de abdomen, que deja a la vista este escueto top deportivo rojo.

Un chico surge al lado de mi cinta de correr y me sonríe. Es el típico chulo de gimnasio: guapo, cachas y que viene al gym a ligar en vez de a ejercitarse. Comienza a hablarme y me quito los auriculares de las orejas.

-¿Perdón?- le digo.

-Te decía que vaya paliza te has dado. Dos horas corriendo no las hace todo el mundo.

¿Dos horas?

Miro la pantalla de la cinta y efectivamente, llevo dos horas corriendo. ¿Cómo es posible que no me haya dado ni cuenta? O lo que es más importante, ¿cómo sabe él que llevo dos horas?

-No me había enterado.- murmuro.

Detengo la máquina y recojo mis cosas.

-¿Puedo invitarte a un batido proteínico?

Sonrío falsamente al chulo-gym, que se apoya en la máquina para mostrar sus trabajados bíceps, y bajo de la cinta.

-Lo siento, pero conmigo pierdes el tiempo.

Me echo la toalla al cuello y, dando pequeños sorbitos a mi bebida, me voy al vestuario.

 

Entro en casa y cierro la puerta.

-¡Ya estoy aquí!- aviso.

Cuelgo el abrigo y la bufanda en la percha del recibidor, y cruzo el salón hacia mi cuarto. Dejo la mochila del gimnasio sobre la cama y continúo el camino, hasta el taller de Rachel.

No le gusta mucho que la molesten cuando está dentro, dice que pierde su conexión artística. ¿No es tierno ver lo loca que está?

Golpeo dos veces en la puerta de la tercera habitación y abro. Lo primero que recibo es el olor a arcilla y pintura.

-Hola, nena, ya he llegado.- saludo.

Rachel está sentada en un taburete de madera frente a su mesa de trabajo, con una bata que en su día fue blanca y ahora luce todos los colores del arco iris, un largo pincel sujetando el moño de su cabeza, otro pincel cruzado entre los dientes y un tercero en la mano, que desliza lentamente por una bella figura de barro.

-Hum.- gruñe sin mirarme.

Sonrío y me acerco. Me encanta verla en acción.

Rachel siempre ha tenido un don especial para el arte y aunque ahora esté más centrada en trabajar la arcilla, desde muy pequeña ha dibujado magníficamente bien. Es una lástima que no pudiera hacer carrera.

La figura que está pintando son de un hombre y una mujer que no se miran, que cada uno proyecta su cuerpo en una dirección distinta, pero que están agarrados de la mano. Ambos pintados en tonos grises, salvo las manos enlazadas y parte de los brazos, a los que sí está dando color. Como si el tocarse les diera vida.

-Es preciosa.- admiro su trabajo.

Rach se quita el pincel de la boca y me mira.

-¿Sí? ¿Te gusta? La he titulado: El renacer de los amantes.

-Me encanta.

-Espero que a Growdler también le guste. Mañana viene a ver todo.

Observo la habitación que usa como taller: las obras que hay repartidas por todos lados incluso en el suelo, los dibujos colgados de la pared que usa como bocetos, el horno donde cuece la arcilla, el amplio armario lleno de materiales…

-Seguro que le gustan.

James Growdler es el cliente que contactó con ella cuando vino a verme a Bos… a aquél lugar que prefiero no recordar. Lo he visto en un par de ocasiones y la verdad, me pone un poco la carne de gallina. Es un hombre maduro, yo calculo que rondará los 50, tiene un pelo negro azabache y una perilla a juego, viste muy elegante, es educado, culto… y tiene unos bellísimos ojos verdes. Creía que los más bonitos que había visto eran los de mi amiga, pero los de este hombre, casi casi la superan.

Lo que me pone la carne de gallina, respecto a su comportamiento, es la forma en que mira a Rachel. He visto un brillo especial en sus ojos.

Mi amiga se gira hacia mí en su taburete.

-Estoy nerviosa, me ha dicho que le gustaría ser mi mecenas y proveerme de todo lo que necesite.

-¿En serio?- alucino.- ¿Y tú que le has contestado?

-Pues que es una responsabilidad muy grande para él, que no tiene porqué hacerla.

Asiento conforme. Desde hace un tiempo ya no me fío de las ofertas, por muy bonitas que te las pinten.

-Pero ha insistido.- añade.- Me ha dicho que quiere ayudarme en todo lo que pueda. Entonces le he contestado que me lo pensaré.

No he hablado con ella sobre mis pensamientos, pero creo que igual ya va siendo hora.

-¡Aiiiisss!- suspira agobiada.- La verdad es que me vendría muy bien. Dejaría de pedirte dinero y parece un hombre que entiende de arte. Creo que sería de ayuda.

-Sabes que te doy el dinero encantada.- le digo.

-Lo sé, pero yo no lo acepto así. Soy un lastre, prácticamente pagas tú el alquiler del piso y yo… Voy a decirle que sí.

Mi piel se eriza.

-¿Estás segura? ¿Y si no es de fiar?

Rachel pone los ojos en blanco y vuelve a trabajar en su obra.

-Sé que te hicieron daño, cariño, pero créeme cuando te digo que hay gente sin dobleces, sin dos caras. Sé que Growdler es un buen hombre y sé que es de fiar.

Resoplo, conteniendo los mil argumentos que podría darle para que no se fiara tanto. Pero está decidida y yo, como buena amiga, debo apoyarla… y vigilar al señor Growdler.

Me inclino y le doy un beso en la cabeza.

-Voy a hacer la cena, no tardes.

-Vale.

Encamino mis pasos hacia la salida de la habitación/taller, pero me detengo de golpe, al ver algo que remueve mi interior cual centrifugado de una lavadora. Es el calendario de los bomberos de Boston, Rachel lo tiene colgado tras la puerta. Apenas faltan unos días para cambiar de hoja… y la siguiente es la de Tyler.

 

Sentada a los pies de mi cama, termino de anudarme los cordones de las Converse rojas; me incorporo, alzo el rostro al techo y suspiro. Después miro por encima del hombro a la mesilla izquierda y veo el osito bombero de peluche.

-Vamos, Amber, espabila de una vez.- me insuflo ánimos.

Me doy unos leves tortazos y termino de arreglarme.

Tres meses desde que regresé de Boston. Tres meses desde que mi corazón se rompió y todavía no ha sanado. Tres meses en los que mi vida ha dado un cambio radical. Tres meses sin citas. Tres meses sin sexo. Tres meses sin Brett.

Martha y Jeremy son lo mejor que me he llevado de allí. Con ella hablo cada dos semanas más o menos, y nos contamos cosas. Hablamos de todo, menos de lo que pasó en Boston. Tampoco mencionamos a Tyler. Solo sé que está bien y con eso me conformo. Me apena mucho como terminaron las cosas, pero… tuvo que ser así.

Con Rachel también habla a menudo porque, desde que recibió las macetas que luce orgullosa en su bello porche floral, las vecinas no hacen más que preguntarla dónde las ha comprado. Martha promociona a mi amiga, y a mi amiga le crecen los pedidos.

Salgo del cuarto, tras recoger mi bolso negro tamaño Mary Poppins, y entro al baño. Analizo profundamente la imagen que me devuelve el espejo del lavabo, mientras escucho a mi amiga canturrear Womanizer de fondo. Esa canción de Britney Spears que nos da fuerzas desde hace un tiempo y se ha convertido en nuestro grito de guerra contra los hombres. Desde que mi querida Rach descubrió a Bruce con otra y entró en el club de los corazones rotos. ¡Menudo gilipollas! Aunque yo agradezco haber cortado toda relación con nuestros vecinos del primero.

Cepillo varias veces mi larga melena castaña y me hago una coleta. Tengo el pelo larguísimo y debería cortármelo. ¿No dicen que las mujeres cambiamos de look cuando sufrimos una ruptura sentimental? ¡Me estoy cargando las estadísticas!

Me lavo los dientes y cuando dejo el cepillo de nuevo en su sitio, observo mi preciado gloss rosa chillón, abandonado en un rincón del lavabo entre el resto de cosméticos. Lo cojo y lo observo.

-Hace tiempo que no te uso, ¿verdad?- musito.

Suspiro sonriente al darme cuenta que le estoy hablando a un pintalabios y vuelvo a mirarme en el espejo. Me encojo de hombros, desenrosco el tapón y tras extraer el largo pincel y escurrir parte del producto en el cuello del estrecho tubo, lo deslizo por mis labios en una suave y lenta pasada. Solo una, sin remarcar mucho el color. Tras dejarlo en su sitio, salgo y voy a la cocina.

Apoyada en el marco de la puerta, observo a Rachel recoger y limpiar después de nuestra cena.

-Ya me voy, nena.- le aviso.

Rachel se gira con un plato seco en las manos y se echa su melena morena a la espalda. ¡Otra que se está cargando las estadísticas!

-Cualquiera que te vea pensará que vas a jugar con los Mariners, en vez de ir a la radio.

Estallo en carcajadas y me abrazo a mi misma, envuelta en la amplia sudadera azul oscura, de grandes letras blancas “Seattle Mariners” en el centro, equipo de béisbol de la ciudad.

-Es cómoda y abriga.- me escudo.

-Te tapas.- murmura, dejando el plato en el armario.- De hecho, lo llevas haciendo desde que regresaste. Como si quisieras que ningún tío te mirara.

Frunzo el ceño y bajo la vista a mis vaqueros y la sudadera, que me cuelga cubriendo el culo.

Mi querida amiga se acerca y me agarra del mentón para que levante el rostro y la mire.

-Dejemos el luto de lado.- musita.- Somos jóvenes y no podemos pasarnos los días lamentándonos por el pasado.

Asiento, pero continúo con el entrecejo arrugado.

-Mírate.- sonríe ampliamente.- Si hasta te has pintado los labios.

Sonrío sin poder evitarlo y niego con la cabeza.

-Solo un poco.

-Paso a paso.- dice ella.- Al menos has dejado de maquillarte con un par de pellizcos en los mofletes.

Vuelvo a reír y Rachel se une a mí.

-Me voy, que sino llegaré tarde.

Le doy un beso en la mejilla y marcho hacia la salida.

-¡Amber!- me llama y viene detrás.

-¿Dime?- me vuelvo, agarrada a la puerta.

Llega hasta mí dando saltitos como una colegiala.

-¿Por qué no salimos esta noche?

Arqueo las cejas sorprendida.

-Cuando vuelvas de la radio, claro.- añade.- Tengo ganas. Hace mucho que no lo hacemos y llevo tantas semanas estresada, que ahora mismo es lo que necesito.

Contraigo el morro y me apoyo contra la puerta.

-No sé.- musito.- No tengo ganas, la verdad.

-Por fa.- suplica y pone morritos.

-Cuando llegue, lo que menos me apetecerá será vestirme para salir.

-Por fi.- insiste, juntando las manos y enterneciendo el gesto.

Resoplo y sonrío.

-Está bien.- acepto.

Rachel grita y salta de alegría.

-Pero solo una copa rápida.- adjudico, señalándola con el dedo.

-Te prepararé la ropa para cuando llegues.

-Miedo me da.

Salgo de casa y de camino al ascensor, escucho el grito de celebración de la loca de mi amiga. No puedo evitar sonreír.

El ascensor se detiene en el primer piso y al otro lado de las puertas aparecen Austin con una chica rubia pegada a él.

¡Vaya por Dios!

Me hago a un lado de la pequeña cabina y ellos entran.

-Hola.- saluda mi vecino.

-Hola.- respondo por cortesía, pero ni siquiera lo miro.

Cuando llegué de Boston y le pedí disculpas, intenté crear un vínculo de amistad con él. Solo amistad. Más que nada porque mi amiga salía con su amigo y tarde o temprano tendríamos que vernos. Cuando pasó lo que pasó entre Rach y el mamón de Bruce, se acabó todo. Ambos entendimos que ya no había motivo para relacionarnos.

Doy un paso al frente y pulso el botón de cerrar las puertas, antes de que me dé por salir y bajar el último piso a pie.

La parejita sigue abrazada y a ella parece que no le da ningún reparo que haya alguien más en el ascensor, para meterle mano. Todavía recuerdo cuando era él quien se cernía así sobre mí, con su pelo rubio ceniza y su barba de semana y media.

-Para un poco.- le reprende Austin en un murmullo.

El ascensor vuelve a detenerse y salgo rauda de allí, cuando las puertas apenas se han abierto. De hecho, lo hago de canto.

-Adiós, Amber.

Hago oídos sordos y sigo mi camino hacia la calle.

 

La línea 41 me deja a una manzana del trabajo y nada más bajar el par de escalones del autobús, me cubro la cabeza con la capucha de la sudadera, abrazo el bolso y corro en su dirección, debido al fino aguacero que ha empezado a caer. A Seattle se le conoce como “La ciudad de la lluvia”, que dicho sea de paso, no es precisamente de las más lluviosas.

Cuando doblo la esquina y veo el edificio de la doble K-ST, me detengo y lo observo. Todavía me cuesta creer que trabaje ahí, en un programa semanal de bastante éxito.

El primer día que me detuve aquí, mis piernas temblaban como si estuvieran bailando salsa. Hice lo mismo que hago en este momento: contemplar el bloque de cuatro plantas en ladrillo caravista, la enorme antena de telecomunicaciones que hay en la azotea y el generoso letrero rojo luminoso “KK-ST”, que por las noches se ilumina intensamente. También ojeé los grandes letreros publicitarios de los programas: informativos, deportivos, culturales, etcétera etcétera… Y el de “Marthina te aconseja”, coronando la fachada de la programación.

Venía a reunirme con el productor de dicho programa, Paris Doyl, ante esa locura de propuesta para participar en el programa de radio. Y nerviosa, me acerqué.

No era la mejor época para pasar por una entrevista, una prueba o lo que fuera que tendría que pasar. Hacía una semana que Brett me había dicho: “no quiero volver a verte”, y mi estado de ánimo, junto con mi autoestima, estaba por los suelos.

Solo pensar sus palabras, allí tumbado en la camilla, herido y semiinconsciente… Volvían a destrozarme el corazón y el alma. Hoy en día me siguen doliendo, más de lo que me gustaría.

El edificio constaba con una pequeña zona de aparcamiento en la delantera, imaginaba que para empleados. Ahora sé que es así. Lo recorrí nerviosa y con la respiración tan agitada como el corazón; mirando el bloque de cuatro plantas que cada vez se iba haciendo más y más grande, según me acercaba. El sol del atardecer le daba un toque anaranjado fuego y me dio la sensación que me dirigía al mismísimo infierno. Y justo cuando ese pensamiento rondaba mi alocada cabeza, una moto pasó por mi lado a toda velocidad, rugiendo como si el mismo satanás me gruñiera al oído, lo que provocó que gritara asustada y me apartara hacia la derecha, empotrándome contra la parte trasera de un Prius gris.

Todavía me duele la cadera, no digo más.

-¡Gilipollas!- le grité dolorida.

El tipejo detuvo su… ¿qué moto era esa? ¿Una Harley? Es la única marca que sé. La aparcó en la esquina del edificio, pasó la pierna por encima para bajarse, se soltó la chupa negra y se quitó el casco a juego, para mover la cabeza veloz y agitar su pelo negro, tan largo que casi le llegaba a los hombros.

Seguía apoyada en el Prius, frotándome la cadera, cuando vi que el tipejo… ¿qué años tendría? pasaba los 35, fijo; se dirigía a la entrada de la radio. Antes de acceder, se giró hacia mí y levantó la mano en señal de disculpa. ¿Mi respuesta? Mostrarle el dedo corazón. Y bien alto para que lo viera.

Cuando desapareció en el interior, retomé mi camino. Llegué a la entrada, crucé las puertas de cristal y acero, y atravesé unas segundas que se abrían automáticas. Lo primero que me sorprendió fue tener que pasar por un arco, detector de armas, custodiado por dos hombres de seguridad. Pasé un poco acojonada, para qué mentir, aunque no lleve armas, ¡que por supuesto es así!, pero siempre me da por pensar que estos cacharros van a pitar a mi paso. Como cuando voy al súper y temo que esos paneles piten, al detectar algún código todavía imantado.

Los hombres de seguridad me saludaron con un leve movimiento de cabeza y continué andando hacia el amplio mostrador de recepción, atendido por dos chicas, la verdad, bastante monas. Vestían muy casual, muy de calle, muy de… cojo lo primero que vea al abrir el armario y punto. Vamos, que trabajan en la recepción de una empresa de telecomunicaciones, como podrían hacerlo tras el mostrador de una tienda. Pero son monas.

-Buenas tardes.- las saludé.- Vengo a reunirme con el señor Doyl.

La rubia de pelo rizado se apoyó en el mostrador y tras mascar un par de veces su chicle, me sonrió.

-¿Cómo te llamas?

-Amber.- contesté y miré de refilón a la pelirroja, que no hacía más que ordenar papeles.- Amber Phoenix.

-Un momento.- dijo la rubia.

Se sentó en su silla alta y tecleó en el ordenador mientras mascaba chicle y hacía globos.

¡Madre mía!

-Ajam.- murmuró la chica.- Aquí me sales, Amber. Puedes subir, planta 3.

-Gracias.

-Ascensores, por allí.- dijo señalando a la izquierda.

Asentí, según me apartaba del mostrador.

La recepción no era muy grande y el hecho de ser tan oscura, la hacía más pequeña. Apenas había unas plantas, seguramente de plástico, repartidas por las esquinas; una escalera de cristal, luminosa, que ascendía a los pisos superiores como si subieras al mismísimo cielo estelar; y varios discos de oro y platino colgados en las paredes. Eso fue lo que más me impactó, algunos eran de grandes grupos musicales… ¡y estaban firmados!

Cuando llegué al par de ascensores, pulsé el botón y accedí a uno de ellos. Me agarré al pasamos del interior, pensando que si lo soltaba, seguramente saldría corriendo de esta locura.

Una puerta se abrió frente a los ascensores y surgió el tipo de la moto, subiéndose la cremallera del pantalón y casi haciendo malabares con el casco.

-¡Espera, sujeta la puerta!- me gritó.

Sonreí, di un paso al frente y pulsé el botón de… cerrar. El chico corrió, pero solo llegó a tiempo de verme sonreír y decirle adiós con los dedos de una mano. Para el corte de mangas ya no tuvo tiempo.

Reí vengativa, me di la vuelta y comprobé mi imagen en la pared espejada: vaqueros, camiseta lila de Banana Republic, chaqueta roja de piel sintética y el pelo suelto. Pasable.

Cuando el ascensor se detuvo y salí, abrí los ojos como platos al ver el ajetreo de personas que había allí. Iban de un lado a otro, entraban y salían de salas, corrían por los pasillos sorteando al resto de personas, algunos cargados de papeles… Era como un mundo alocado y estresante.

-¡Oh, sí!

Miré a mi derecha, hacia el gemido que había escuchado, y vi a un grupo de chicas, algunas sentadas en sillas de plástico, pero todas mirando un papel.

-¡Sí!- seguía gimiendo la más cercana a mí mientras movía su pelo castaño con la mano libre.- Cómo me gusta este champú. Qué fresco y relajante…

-¡A ver!- gritó una mujer acercándose a ellas.- ¡Las chicas para el casting, que vengan conmigo!

Todas corrieron hacia ella como si quién llegara primero, se llevaba el trabajo. La mujer les indicó el pasillo que debían seguir y después me vio.

-¿Vienes al casting?- me preguntó.

-No, yo…

La mujer se dio la vuelta y siguió al jolgorio de chicas.

-Gracias.- murmuré alucinada.

Di un paso al frente y me detuve en el acto, cuando un carro bajo metálico se cruzó en mi camino.

-Cuidado, preciosa, que te pillo.

El chico pasó de largo con el correo, no sin antes ojearme de arriba abajo.

Exhalé con fuerza, me coloqué bien el bolso al hombro y me encaminé decidida hacia el par de chicos que tenía frente a mí, hablando junto a las máquinas expendedoras y bebiendo algo.

-Disculpad.- dije y sonreí falsamente.- ¿Alguno puede decirme como encontrar a Paris Doyl?

-Ahí lo tienes.- indicó uno de ellos con la cabeza.

Me di la vuelta y vi al tipejo de la moto saliendo del segundo ascensor. ¡No puede ser! ¿Él? Al verme, frunció el ceño y vino hacia mí.

-Gracias por retener el ascensor.- dijo nada más detenerse a mi lado.- Has sido muy amable.

-¿Paris Doyl?- pregunté, haciendo caso omiso a su sarcasmo.

El tipejo se irguió arqueando las cejas, quizá sorprendido de que le conociera. Tenía un atractivo… salvaje, sí, esa es la definición exacta. Un mentón duro, con su barbita de varios días, unos ojos grises peligrosos enmarcados por unas afiladas cejas negras, como las alas de un águila real, y unos labios gruesos muy atrayentes, pero que seguro ocultaban las fauces de una bestia. Si a todo eso le sumabas la melena morena despeinada, dabas con el tipo de chico malote que a tantas y tantas chicas gustaba. Quizá en otra época…

-Soy Amber Phoenix.- le dije.- La chica con la que has quedado y casi atropellas en el parking.

El frescor del agua me espabila y tras agitar la cabeza para volver al presente, corro hacia las puertas de la doble K-ST.

 

Leona Lewis – Better in time. https://www.youtube.com/watch?v=HmEI-X9CD5Y

 

Britney Spears – Womanizer. https://www.youtube.com/watch?v=IkaEsRAs_mM

PRÓLOGO

 

Entro a mi habitación envuelta en una toalla y me dirijo al armario, en busca de ropa limpia. Lo primero que veo al abrirlo, es el dichoso vestido de la boda guardado en una funda de plástico. Cierro los ojos y me llevo las manos al abdomen. Solo ha pasado una semana desde que llegué de Boston y cada vez que recuerdo…

-¡A la mierda!- gruño.

Cojo la percha con el vestido y lo coloco al fondo, en un rincón donde no lo vea cada vez que quiera vestirme. Resoplo y sigo buscando algo que ponerme.

El teléfono de casa suena y corro hasta la mesilla.

-¿Sí? ¿Dígame?- contesto.

-¿Amber Phoenix?- pregunta una voz masculina.

-Sí, soy yo.

-Hola, Amber, mi nombre es Paris Doyl y soy productor del programa de radio, Marthina te aconseja, en la doble K-ST. Verás, estos días he escuchado tus llamadas y… quiero ofrecerte un puesto en el programa.

-¡¿Cómo?!- exclamo.

-Creo que tienes talento para los consejos, tu voz es bonita y pienso que formarías un gran equipo con Marthina.

-Emm… ¿esto es una broma o algo parecido?

-No, no.- ríe Paris.- Me gustaría que te pasaras mañana por la radio y hacerte una prueba.

-Pero… pero…- carraspeo y me siento en la cama.- Yo no sé hacer radio, no sé nada de ese mundo.

-¿Puedes hablar? ¿Puedes dar consejos? Entonces eres lo que busco.

-Escuche señor…

-Paris, llámame Paris.

-Escucha, Paris, yo me dedico a la hostelería y creo que no funcionaría en la radio.

-Pruébalo, no te niegues.- me tienta.- Si no te gusta lo podrás dejar sin problemas.

-¿Cómo has conseguido mi teléfono?

-Las llamadas quedan registradas en la centralita.- contesta.- Y la línea está a tu nombre. ¿Qué me dices, Amber? ¿Te animas a probar?

Me paso la mano por el pelo húmedo y resoplo. Ahora que ya no tengo En línea con Amber, dispongo de mucho tiempo libre y necesito ingresos.

-Está bien.- acepto, aunque no muy convencida.- Hacer algo nuevo no me vendrá nada mal.

UN REGRESO ESPERADO!

Buenoooo… ¿la echabais de menos?

Después de un veranito de merecido descanso… Amber está de vuelta!!!!! 

¿Qué le deparará esta temporada a nuestra querida amiga? 

Bien, no quiero torturaos. Aquí os dejo un pequeño resumen de cómo será… EN ANTENA CON AMBER!!!

-Un jefe acosador… que intentará constantemente meterse en las bragas de Amber.

-Un funeral… que trastornará las vidas de las amigas.

-Una madre anticuada… que desesperará a nuestra querida Amber.

-Un ex plasta… que no captará las indirectas.

-Un novio a la fuga… porque las decisiones precipitadas nunca son buenas.

-Un admirador secreto… que provocará emociones en Amber.

-Una visita muy caliente… y muy inesperada.

-Un reencuentro no tan casual… que cambiará la vida de la protagonista.

Espero y deseo que con este breve esquema, os hayan entrado unas inmensas ganas de leer EN ANTENA CON AMBER. Muy pronto estará de vuelta!!! En unos días!!! 🙂

 

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CAPÍTULO 1

Detengo la película del ordenador, dejo el bol de palomitas sobre la mesa, doy un trago de agua para aclararme la boca y me coloco el auricular inalámbrico en la oreja para contestar la llamada.

-Hola guapo, estás en línea con Amber, ¿cómo te llamas?

-Eh… Rudy.- contesta una voz masculina algo afónica, como de hombre entrado en años.

-Hola Rudy, dime lo que quieres.

-¿Qué llevas puesto?

Bajo la vista a mi pantalón amplio de chándal y mi camiseta blanca de tirantes.

-Un pequeño y fino tanga negro, y un sujetador a juego que me aprieta las tetas.

Llevo en esto lo suficiente como para saber lo que hacer.

-¿Y tacones?- pregunta el interlocutor.

-Rojos, brillantes y de veinte centímetros.- contesto mientras me deshago de los calcetines y cojo unos tacones que tengo a mano para estos casos fetichistas.

Hay que saber reaccionar en este trabajo y captar la voluntad del cliente. Me pongo los zapatos negros y doy un leve taconeo para que lo escuche.

Rudy acelera la respiración y jadea. Sí, se está masturbando.

-¿Qué número usas?- pregunta.

-Un treinta y siete.

-Sí.- jadea.- Quiero que me pises con ellos.

-Umm… claro. Desnúdate y túmbate en el suelo, vas a ser mi alfombra.

-Sí.- vuelve a jadear excitado.

Me levanto de la silla ergonómica y camino un poco por mi habitación. El suelo es de madera y resuena bastante. Espero que no estén los vecinos de abajo.

-Ahora piso tu culo.- le digo.

-Sí.- jadea.

-Mientras me toco. ¡Oh!- gimo.

Rudy emite un gemido y percibo el leve sonido de la masturbación al otro lado de la línea. Una especie de “clo clo clo”.

-Y voy subiendo poco a poco por tu espalda, clavándote el tacón y dejándote unas marcas que no se irán en varios días.

Mi cliente exhala y gime una vez más.

-Y te azoto.- digo.

Me golpeo con la mano derecha el antebrazo izquierdo varias veces, como si fuera en su culo.

Vuelvo a sentarme en la silla y me autogolpeo un par de veces más.

-Ponte a cuatro patas.- ordeno.

-Sí.

-Voy a meterte el tacón por el culo.

Rudy gime en señal de que le gusta la idea. Ya lo sabía.

Monté este negocio particular hace siete meses, desde que el dueño del restaurante donde trabajaba como camarera me echó a la calle sin previo aviso. ¿Cómo se me ocurrió montar una línea erótica? Pues la verdad que la gente siempre me ha dicho que tengo una voz muy bonita, muy sexy, sugerente, que valdría para la radio. Entrar en ese medio de comunicación es muy difícil, por eso me he montado esto… de momento.

La primera regla en un negocio como éste es no colgar tú sino el cliente y alargar lo más que puedas la llamada. Cuanto más minutos, más dinero. Pero en este caso, en doce minutos y veintiséis segundos se ha corrido y yo he fingido el orgasmo. Me basta y me sobra. Le agradezco la llamada y cuelgo. Estoy con la regla y me duelen los ovarios.

Me quito el auricular, los tacones y resoplo mientras me recuesto en la silla.

Rachel empieza a reír desde la puerta de mi habitación y me giro hacia ella.

-Ya te he dicho que no me gusta que me espíes cuando trabajo.- le reprendo.

-¡Ay chica!- exclama y vuelve a reír.- No entiendo como puedes hacer esto, lo de meterle el tacón por el culo me ha matado.

Vuelve a estallar en risas y cómo no, me contagia. La verdad que tiene razón, pero éste hombre no era de los más raros a los que he atendido.

Rachel se deja caer sobre mi cama y yo lo hago junto a ella. Es mi mejor amiga y vivimos juntas desde que teníamos dieciocho años, es decir desde hace… ocho años.

¡Caray, cómo pasa el tiempo!

Las dos somos del mismo pueblo de Montana y ambas nos marchamos cuando terminamos el instituto. Queríamos irnos de aquél pueblo diminuto donde o sales de joven u olvídate de hacerlo, y no aspirábamos a pasar por cuatro o cinco años de carrera universitaria. Nuestras familias se negaron pero eso no impidió que nos fugáramos una noche y estuviéramos los tres primeros años llamando a casa para asegurarles que estábamos bien pero sin decirles dónde nos encontrábamos. Eso hizo que la policía no entrara en acción.

Nos vinimos aquí, a Seattle, a la ciudad de la Aguja Espacial, a la ciudad de los Ferrys, y vivimos en un tercer piso de tres habitaciones, un baño y el salón con la cocina cerrada. Nos costó mucho sudor y esfuerzo conseguirlo. A mí horas y horas trabajando en restaurantes de comida rápida, a Rachel, horas y horas de cajera en supermercados.

Con el paso de los años yo me ido dando cuenta que me va el tema hostelería, ya sea cocina o bar. A Rachel le va la alfarería desde pequeña; fue ver Ghost y quedar prendada de la historia de amor, de Patrick Swayze, de la magnífica escena con el barro, de la banda sonora… y de la quiromancia también. La verdad que tiene mucho talento, su taller está en la tercera habitación del piso y ha conseguido vender varias de sus obras.

Rachel es morena de ojos verdes y yo soy castaña de ojos caramelo claro. Ambas de pelo largo y liso, de estatura similar, (metro sesenta y ocho) y muy monas. Siempre hemos tenido éxito con el género masculino y no nos podemos quejar.

¡Estamos cañón! ¡Y solteras!

Reímos sobre mi cama mientras le cuento las cosas más sórdidas que he oído y dicho a través de la línea erótica, cuando el teléfono se pone a sonar de nuevo.

Me levanto corriendo, me siento en la silla y mientras me coloco el auricular, apoyo los pies sobre la mesa.

-Déjame quedarme, te prometo que no me río y no te molesto.- pide Rachel mientras coge de mi mesa las palomitas.

-Pero nada de ruido.- le advierto.

-Sí.

Se sienta en mi cama con las piernas cruzadas y yo contesto.

-Hola guapo, estás en línea con Amber, ¿cómo te llamas?

Suelo poner una voz algo más… porno, por así decirlo.

-Hola Amber, me llamo Víctor.- contesta una voz gruesa que me pone los pelos de punta… ¡y los pezones!

Bajo las piernas de la mesa y casi me quedo sin respiración. No suelo dar con este tipo de voces tan sexys y me imagino a un tío cachas, joven, inteligente y guapo a rabiar.

-Víctor.- digo intentando no suspirar.- ¿Qué deseas de mí?

Rachel se ha quedado con un puñado de palomitas cerca de la boca y yo me abanico con la mano, dándole a entender que esa voz me gusta.

-Sinceramente es la primera vez que llamo a algo de este estilo.- contesta con un suspiro.

-¿Y qué te ha hecho cambiar de opinión?

Víctor silencia pero no cuelga.

-Estoy un poco indeciso porque voy a pedirte algo que lo más probable nadie te haya pedido.- dice al fin.

-Créeme, me han pedido casi de todo.- contesto.

Rachel arquea una ceja.

-¿Sueles quedar con clientes?

Me levanto del sitio, agito las manos al aire y me vuelvo a sentar. Rachel me mira más extrañada aún.

¿Me ha pedido que quede con él?

-Tienes razón, quedar con un cliente no me lo ha pedido nadie.- digo en alto para que mi amiga se entere.

Ella se incorpora en la cama y niega con ambas manos. Sí, sé que es una locura.

-No está dentro de nuestra política de empresa, además aquí no damos ese tipo de servicio.- añado.

-Lo sé, lo imagino. En realidad no sería un cliente.

-¿Explícate?- me intrigo.

-Verás, tengo un amigo que está bajo de moral, muy deprimido y muy triste. Ha salido de una relación recientemente y la ex se va a casar este mes de Julio. Sí, lo que oyes, lo dejaron en Mayo y dos meses después se casa con otro. La muy bruja, como todos somos del mismo grupo de amigos, le ha invitado a la boda.

Arqueo las cejas ante lo zorra que es esa tía.

-Y había pensado si, no sé, tú podrías quedar con él y… levantarle un poco el ánimo.

-Te he dicho que aquí no hacemos ese tipo de servicio. Estás buscando una prostituta.

Rachel abre la boca y me hace con los dedos que corte la llamada.

-No busco una puta.- dice él.- Busco una chica que finja coquetear con él y le haga olvidar a su ex.

-Eso es una actriz, tampoco hacemos ese servicio.

Aunque esté sola en esto, me gusta pluralizar como si fuéramos una gran empresa. Me da seguridad.

-Eres dura de pelar, ¿eh?- dice y se ríe levemente.

Con esta voz debe estar… ¡muy bueno!

-Te lo voy a dejar claro. Te quiero a ti, me gusta tu voz y yo diría que eres muy atractiva. Si te he llamado es porque he oído hablar de ti, Amber, hablar muy bien. Cumplir las fantasías de tantos hombres… Se podría decir que eres como una Diosa. Afrodita.- susurra erizándome más la piel.

Sonrío y miro a Rachel. Ésta mueve la cabeza queriendo saber que me está diciendo Víctor.

El timbre de casa suena y yo cubro el micrófono del auricular. Después frunzo el ceño y acribillo con la mirada a mi amiga que ha dejado la puerta abierta. Rachel se levanta y marcha corriendo a abrir, no sin antes cerrar la puerta tras ella.

-¿Qué ha sido eso?- pregunta Víctor.

-Emm, mi vibrador.- miento.- Que ya ha llegado a la temperatura que me gusta.

-Umm, ¿te gusta caliente?

-Me gusta frío.- musito seductora.

-Uff.- exhala él.- Me la has puesto dura. Ahora entiendo que tengas tanto éxito.

La verdad que no me puedo quejar. Me va muy bien.

-Bueno, entonces, ¿qué me dices?

-¿A lo de tu amigo?

-Sí.

-No lo sé.

-Te pago ahora mismo cinco mil dólares y cada semana que pases con él aumentaré mil dólares más. Tienes que estar mínimo hasta la boda, en cuatro semanas. Y lo que hagas con él es cosa tuya.

Los ojos casi se me salen de las órbitas.

¡Eso es un dineral!

Podría alquilarme un restaurante pequeño y empezar a hacer lo que a mi me gusta.

-¿Puedo pensármelo?- pregunto.

-En dos horas te vuelvo a llamar.

Cuelga y me quedo alucinando. ¿Es posible que este tío esté dispuesto a pagarme NUEVE MIL DÓLARES por coquetear con un amigo suyo? ¿O realmente espera que me acueste con él?

Me quito el auricular, lo dejo sobre la mesa y sigo sentada pensando en la oferta.

La puerta de mi cuarto se abre y me vuelvo. Rachel asoma la cabeza.

-Amber, guarda el chiringuito que han venido los chicos.

-¿Otra vez?- me quejo.

-Sí, y han traído pizzas y cervezas, así que arréglate un poco y sal.

Mi amiga cierra la puerta y yo bufo asqueada.

En tejanos, camiseta de tirantes y sandalias, salgo al salón para encontrarme con Austin y Bruce. Nuestros vecinos roqueros del primero y que una noche salimos con ellos llegando incluso a liarnos.

Son un par de años mayores que nosotras, siempre visten como viejas glorias del rock y aunque sean guapetes, a mi me aburren como una ostra. Rachel y Bruce siguen con el tonteo que hubo en su día y por eso suelen venir muy a menudo a casa. El problema es que Austin espera lo mismo de mí, cosa que ni loca vuelvo a caer en ese error.

Rachel está tirada en uno de los sofás con las piernas sobre Bruce. Austin se encuentra en el otro sofá donde me tendré que poner yo. Saludo y me acomodo en la esquina, lo más lejos posible de mi vecino.

Los tres están bebiendo cervezas y antes de que pueda inclinarme para coger una, Austin se adelanta, la abre y me la entrega.

-Gracias.- le digo.

Levanto el botellín hacia él y bebo.

-¿Cómo te va todo, Amber?- pregunta.

-Bastante bien, ¿y a ti?

Austin se pasa la mano por su pelo rubio oscuro y apoya el brazo en el respaldo del sofá para quedar frente a mí. La barba de una semana y las ojeras le dan un aspecto desastroso.

-Bien, por fin ha pasado la semana del turno de noche. Son mortales.- dice sonriente.

La verdad que no sé a qué se dedican los dos. Han hablado de ello varias veces pero como no me interesa, supongo que mi cerebro lo suprime.

Rachel y Bruce ríen y tontean a nuestro lado sumergidos en su mundo. Le he dicho varias veces a mi amiga que no lo haga ya que me pone en una situación incómoda pero está visto que le importa un pimiento.

Cojo una porción de pizza y Austin también lo hace para después sentarse más cerca mía. Siempre hace lo mismo, se acerca para intentar algo que no va a conseguir.

Enciendo el televisor, subo el volumen lo suficiente como para cortar el tonteo de Rachel y Bruce, y sigo comiendo y bebiendo.

-Amber, ¿te has quedado sorda o qué?- comenta Rachel.

Fulmino a mi querida amiga con la mirada y no le lanzo la porción de pizza porque tengo hambre sino…

-Pues un poco sí.- contesto y le saco la lengua.

Rachel se ríe y vuelve a pasar el brazo alrededor del cuello de Bruce.

Austin resopla y percibo cierto movimiento de sofá.

-Voy a por servilletas.- digo.

Me levanto fugaz del sofá y marcho a la cocina. Necesito un poco de margen, hoy Austin parece más ansioso de lo normal y como siga así voy a tener que darle el corte del siglo.

Camino por la cocina de dos metros cuadrados con las servilletas en las manos. De vez en cuando me asomo parcialmente a la puerta y veo el cogote de Austin. El cabrón ha aprovechado mi ausencia para cruzar la línea de mi zona. Si ahora me siento, ya sea a su derecha o izquierda, por narices voy a quedar junto a él.

¡¿Qué hago?!

Me apoyo en la encimera de mármol negro y resoplo. La puerta semicerrada de la cocina chirría un poco al abrirse y a mí se me para el corazón al pensar que es Austin. Puedo respirar cuando veo que es mi compi.

-¡Dios, qué susto!- bufo.

-¿Se puede saber qué haces?- murmura acercándose.

Agito los brazos y las servilletas de papel desesperada y medio loca, y señalo al exterior de la cocina, al salón.

-Pero, ¿tú le has visto?- gruño bajo para que no me oigan los chicos.- Rachel, te he dicho mil veces que no quiero nada con Austin y estoy harta de que cada vez que venga intente hacer algo. ¿Qué quieres que haga? ¿Le doy con una sartén en la ca-beza?

-Que alarmista eres. Pues dile que no te interesa en ese aspecto, no es tonto, lo entenderá.

Frunzo el ceño hacia mi amiga y pienso en si lo mejor sería darle a ella con la sartén.

-Se lo he dicho por activa y por pasiva.- comento.

-¿Y qué vas a hacer? ¿Quedarte aquí toda la noche?

Bufo y me paso la mano por el pelo estresada.

-No.- respondo sonriente.- Te vas a sentar tú al lado de Austin.

-¿Qué?

Doy un trago a mi cerveza, sonriente, mientras veo la televisión junto a Bruce. Aún sigo sin poder creerme cómo he podido tardar tanto tiempo en hacer esto. Me he librado del pesado de Austin y de los continuos refroteos sexuales de Rachel y Bruce.

¡Esto es el paraíso!

Aunque mi amiga esté dos días sin hablarme.

Tanta cerveza me ha dado ganas de hacer pis. Me levanto y casi tambaleándome recorro el corto pasillo hacia el baño.

¿Estoy borracha?

Enciendo la luz y al verme reflejada en el espejo abro la boca asombrada, porque sí, parece que acabo de llegar de party.

Hago mi necesidad, me lavo las manos y la cara, me lavo los dientes y me peino un poco. Me arreglo la camiseta de tirantes que no sé cómo ha dejado a la vista mi sujetador rojo y salgo de nuevo al salón, aunque solo tengo ganas de irme a dormir. Espero que nuestros vecinos se marchen enseguida.

Me cuesta enfocar un poco debido al alcohol que llevo en sangre y la oscuridad del salón, que solo se ve interrumpida por la luz de la tele, pero me detengo en el acto cuando no veo ni a mi compañera ni a Bruce en el salón.

¿Dónde están?

-¿Dónde están?- pregunto a Austin.

Mi vecino se gira sonriente hacia mí y me señala el pasillo.

¿Se han ido al cuarto?

¡Lo que me faltaba!

-Nos han dejado solos.- susurra en un tono casi obsceno.

Me llevo las manos a la cabeza y digo lo que toda mujer.

-Me duele la cabeza, creo que me voy a dormir.

-¿Ya?

Austin se levanta como un resorte del sofá y camina hacia mí.

¡No, que no tengo una sartén a mano!

Mi vecino es alto pero esta noche lo parece más y da la sensación que se cierne sobre mí como una fiera salvaje.

-No puedes irte todavía, Amber.

-Austin.- digo y me sale un hipo. ¡Qué casualidad!- Te he dicho varias veces que lo que pasó, pasó, no se va a repetir, deberías dejar de intentarlo.

-El que la sigue la consigue.- comenta jovial.

-Lo que consigue es un sartenazo.- aclaro.

Él chico se carcajea y sigue acercándose.

-Ya nos hemos acostado una vez, ¿por qué no repetir? ¿no lo pasaste bien?

Sube las manos a mi rostro y yo retrocedo hasta toparme con la pared. Austin apoya las manos a cada lado de mi cabeza y ladea la suya.

-Me gustas, Amber. ¿Es que no te has dado cuenta? ¿Que no puedo dejar de pensar en ti? ¿Que cada vez que te veo se me alegra hasta el día más negro? ¿Que para mí fue mucho más que un polvo pasajero? ¿Qué puedo hacer para que me des una oportunidad? Dímelo y lo haré.

Mi mente se satura ante semejante despliegue y Austin aprovecha mi bloqueo para acercarse a besarme. Sus carnosos labios bailan sobre los míos lentamente y su barba me rasca la cara. Estoy completamente bloqueada. No puedo moverme.

La impulsividad de mi vecino me levanta el rostro, para tener más ángulo, y su boca se vuelve más ansiosa.

Sus labios son los únicos que me tocan y cuando su lengua accede a mí, reacciono como si despertara de una pesadilla y le aparto la cara.

-Austin, no.- murmuro.

Él pega la nariz a mi pelo e inspira fuerte.

-Estoy loco por ti.- susurra.- Completamente loco por ti.

Cierro los ojos y me lamento de aquella vez que nos liamos. Esto es peor que un simple calentón. Tiene sentimientos hacia mí, sentimientos no correspondidos.

-Austin, estoy bebida y no me encuentro bien. Por favor, vete a casa.

Él frota su cara en mi pelo, como si quisiera impregnarse de mi aroma para no olvidarlo nunca.

-Dame una oportunidad, concédeme una cita.

-Déjame que lo piense.

Su aliento me golpea en la oreja cuando ríe.

-De acuerdo.- responde al cabo de unos segundos.

Aparta su cabeza de la mía, toma mi rostro entre sus grandes y ásperas manos, y vuelve mi cara hacia él. Después desliza los pulgares e índices por mis cejas, pómulos, nariz, orejas, mentón, barbilla y labios.

-Eres tan bonita.- suspira encandilado.- Preciosa.

Vuelve a pegar sus labios en los míos y me da un tierno, breve y suave beso. Apoya la frente en la mía y jadea.

-Soy un buen tío.- comenta y se aparta.

Empieza a retroceder lentamente hacia la salida sin dejar de mirarme. Yo también le miro y solo deseo que salga ya de mi casa.

-Soy un buen tío, Amber.- repite y cierra la puerta.

Suspiro de alivio y corro para echar el cerrojo. Después apago la tele y me voy a mi cuarto que también cierro de pestillo, por si acaso.

Me siento en la cama y apoyo la cabeza en las manos.

¡Menudo marrón tengo encima!

Boto del susto cuando el teléfono del trabajo empieza a sonar.

¡Agg, no estoy en condiciones para atender la línea!

Me levanto para desconectarla y entonces recuerdo la oferta que me hizo el cliente de antes y que quedó en llamarme después. Introduzco rápido el auricular en mi oído y contesto.

-Hola guapo, estás en línea con Amber, ¿qué deseas?

-Soy yo, Víctor, ¿te acuerdas de mí?- dice con esa voz tan sexy que eriza cada centímetro de mi piel.

-¿Cómo olvidarte? No todos los días un cliente me propone quedar con un amigo suyo.

-¿Y bien?

Miro la pequeña lámpara de mi mesilla, lámpara que me hizo Rachel en su taller, y agito la cabeza.

¡Son nueve mil dólares!

-Acepto.- contesto.

NOTA DEL AUTOR:  SI OS HA GUSTADO EL PRIMER CAPÍTULO, YA PODÉIS COMPRAR LA NOVELA COMPLETA EN AMAZON KINDLE. GRACIAS POR ADELANTADO.

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